Lo que explicaré en esta entrada les parecerá una obviedad a algunos de mis amigos. Otros, lo considerarán una herejía. El copyleft y su aplicación en el campo de la creación, en general, y en el de la edición, en particular, es un tema del que se ha hablado hasta la saciedad en los últimos años, hecho que provoca que muchas de las aproximaciones que se hacen de él terminen por caer en el lugar común.
Sin embargo, esta forma de entender el derecho de autor también ha desencadenado agrias discusiones entre bandos enfrentados e irreconciliables. La irrupción de Internet, que ha modificado de forma radical las condiciones de creación, distribución y recepción de los productos artísticos, ha abierto un encendido debate sobre la pertinencia de los criterios que han regido la propiedad intelectual en la época moderna, con el copyleft en el centro de la discusión. Después de todo, el movimiento copyleft propone un cambio tan radical en las reglas del juego, que no resulta extraño que suscite un amplio rechazo entre los sectores más conservadores de la llamada “industria cutural”.
So riesgo de caer en el tópico, voy a razonar por qué considero que la utilización de las licencias copyleft es una opción adecuada para los creadores e, incluso, para los editores. En esta ocasión, mi argumentación estará guiada, fundamentalmente, por el pragmatismo. Aunque me cuento entre los que piensan que el copyleft merece ser defendido por razones de generosidad y altruismo, también creo que esta forma de entender el derecho de autor es la más útil y adecuada para los tiempos que corren. En realidad, las licencias copyleft son las que mejor se adaptan a la lógica de las redes digitales de comunicación.
Internet y, en particular, la web, son sistemas pensados para favorecer el intercambio y la compartición de conocimiento. La estructura de la telaraña, basada en un entramado de enlaces hipertextuales, que conectan virtualmente todos los documentos contenidos en ella, estimula el flujo de conocimiento. Precisamente, la riqueza de la web radica en su capacidad de poner en relación contenidos distintos y de crear vías de acceso a ellos.
Los flujos de información se ven favorecidos, además, por la facilidad con que es posible duplicar los documentos digitales. A diferencia de lo que sucede en el mundo de los átomos, donde los procesos de reproducción de objetos suelen ser complejos y caros, copiar documentos en el universo de los bits suele ser una tarea sencilla y económica. Pero no solo eso: el propio funcionamiento de los dispositivos informáticos y de Internet está basado en el acto de copiar. Tal como afirma Cory Doctorow:
El detonante de las reglas que rigen el derecho de autor –el acto de copiar– es intrínseco al funcionamiento de Internet y los ordenadores. El acto de «cargar» una página web en realidad no existe como tal, pues lo que uno hace es copiarla. El acto de «leer» un archivo del disco duro en realidad no existe como tal, pues lo que uno hace es copiarlo en la memoria.
Este hecho supone, en la práctica, que cualquier contenido alojado en la web pueda ser reproducido y difundido a gran velocidad entre los millones de servidores y terminales conectados en red, a menos que exista algún mecanismo que impida acceder a él o dificultar su libre distribución.
Podemos poner trabas a los flujos de información en la red. Sin embargo, lo cierto es que impedir que un contenido determinado fluya por ella es como poner puertas al campo. Debido a su carácter descentralizado, la red hace vana cualquier tentativa por detener la circulación de la información alojada en ella. Por mucho que nos empeñemos en eliminar un contenido de una página web determinada, lo más probable es que este se haya difundido viralmente y que los usuarios puedan acceder a él en otros sitios.
La web favorece la apertura, por lo que todos los proyectos que encuentran su razón de ser en la imposición de barreras al conocimiento tendrán muchas dificultades para sobrevivir en los tiempos actuales. En este sentido, el ocaso de las enciclopedias tradicionales ejemplifica a la perfección el fracaso de una manera anacrónica de entender la gestión del conocimiento. Las editoriales de enciclopedias tradicionales –entre las que se cuentan no solo Britannica, Larousse, Brockhaus, sino también los sellos españoles– pensaron que podrían conservar a sus lectores pese a que los obligaban a pagar por el acceso a unos contenidos con una calidad no demasiado mejor que la de los materiales gratuitos de Internet o pese a que les imponían penosos procesos de registro con el supuesto objetivo de impedir el “pirateo”. Los editores de enciclopedias tradicionales creyeron que el prestigio de sus marcas y la fama de sus contenidos serían argumentos suficientes para mantener cautivos a sus lectores, pero lo único que consiguieron fue que sus usuarios emigraran a otros sitios.
De hecho, la caída en desgracia de las Britannica, Larousse o Brockhaus no hace otra cosa que dar relevancia a uno de los fenómenos más notables de nuestra época: la Wikipedia. El ocaso de las enciclopedias tradicionales tiene su reverso en el éxito de la enciclopedia colaborativa. El proyecto de la Wikipedia viene a certificar que la apertura es la mejor estrategia para florecer en la web. Su vertiginoso crecimiento, solo equiparable al velocísimo desplome de las enciclopedias de toda la vida, se debe, en buena medida, a su capacidad para estimular el conocimiento compartido. Desde luego, son muchas las razones que permiten explicar el éxito de la Wikipedia; sin embargo, una de las principales radica en su apuesta por la libertad: libertad para acceder al conocimiento, libertad para generarlo.
Es lógico que si las condiciones de difusión del saber han cambiado, también se modifiquen las reglas que regulan su creación y su distribución. En este sentido, no es una casualidad que el florecimiento del copyleft cobre vigor en una época como la nuestra, marcada por la apertura: resulta natural que, en un mundo en el que predominan las tecnologías ideadas para compartir el conocimiento, muchos creadores antepongan el derecho a distribuir libremente sus creaciones al derecho a limitar su difusión. Si Internet es un territorio que hace inevitable la propagación del saber, resulta absurdo malgastar esfuerzos intentando hacer infranqueable nuestra propiedad intelectual. Parece más sensato, en cambio, regular la manera como deseamos que se difunda el conocimiento generado por nosotros. Porque ese es el sentido de las licencias copyleft: garantizar que se respeten los términos de acuerdo con los cuales un creador desea que se distribuyan y compartan las obras que ha producido. La defensa del copyleft puede ser entendida, en definitiva, como un ejercicio de realismo.
Alguien podría argüir que el copyleft, con su defensa del conocimiento libre, está legitimando la llamada “piratería”. Nada más lejos de la realidad. Lo que hacen los promotores de las licencias no restrictivas es defender la existencia de un marco legal capaz de ofrecer a los creadores un mayor control sobre sus creaciones y de garantizar a los usuarios un acceso conveniente a ellas. El copyleft intenta brindar unas reglas justas y claras que estimulen, por un lado, la producción de conocimiento y, por otro, el libre acceso a este. Se trata de una forma de entender el derecho de autor que se encuentra en los antípodas de la actitud antinormativa de los “piratas”.
En última instancia, el copyleft es una apuesta por una nueva forma de gestionar el conocimiento adaptada a la lógica de las tecnologías digitales de comunicación. Es un marco jurídico que responde a la realidad de la sociedad hiperconectada, donde la apertura se ve favorecida y la cerrazón, penalizada.