El derecho de autor en Internet, según José Antonio Millán

El tema de los derechos de autor en las redes digitales de comunicación es muy peliagudo y siempre suscita intensos debates (lo cual, desde mi punto de vista, no deja de ser saludable). Para continuar con el intercambio de ideas a que dio lugar mi entrada sobre copyleft, recomiendo un artículo sobre creación y propiedad en la era de Internet, del siempre interesante José Antonio Millán.

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Nuestros dobles digitales

En la cibercultura todo el mundo tiene miembros fantasmas: dobles digitales nos sustituyen en las bases de datos de los ministerios, de los grandes bancos, de las aseguradoras, de las empresas de créditos y de las empresas de publicidad por correo, haciéndonos visibles y cada vez más manipulables.

Mark Dery, Velocidad de escape, 1992.

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La identidad individual en la sociedad hiperconectada

Adolescente frente a un espejo. Fotografía de Pablo Álvarez.

Adolescente frente a un espejo. Fotografía de Pablo Álvarez.

Cuando Internet comenzaba a popularizarse en la última década del siglo pasado, un buen número de pensadores mostró su entusiasmo por las posibilidades ofrecidas por las nuevas tecnologías para favorecer las transformaciones en la identidad individual. Para diversos estudiosos de los medios electrónicos, entre los que podríamos citar a Mark Dery y Sherry Turkle, el desarrollo de la informática nos adentraba en una nueva realidad, en la que los procesos de construcción de la personalidad se verían enriquecidos por la interacción entre los individuos y las máquinas. Era una realidad en la que los sujetos, auxiliados por las herramientas y entornos digitales, podrían liberarse de las constricciones impuestas por su corporalidad y su organismo para explorar nuevas formas de elaboración del yo.

Según esta línea de pensamiento, las tecnologías informáticas, con su capacidad para crear realidades virtuales al margen del mundo físico, favorecen la experimentación con personalidades alternativas. Los nuevos dispositivos tecnológicos aparecen como armas de emancipación que nos permiten liberarnos de nuestra propia carnalidad para construir nuevas identidades en el universo de los bits. Gracias a las simulaciones digitales, podemos zafarnos de las ataduras del cuerpo y reelaborar de una manera más libre nuestro yo.

En el mundo físico, la personalidad del individuo está estrechamente ligada a sus características biológicas, que condicionan en gran medida su identificación con determinados roles sexuales y grupos étnicos. El cuerpo es el punto de convergencia de toda una serie de tecnologías sociales que encasillan a los sujetos en estereotipos predeterminados de los que es muy difícil sustraerse.

En cambio, las herramientas digitales nos ofrecen la posibilidad de perfilar el yo al margen de los condicionantes de nuestro cuerpo. Los avatares y los álter egos digitales que creamos en los entornos virtuales y, específicamente, en la red, nos permiten jugar con personalidades ajenas a nuestras condiciones corporales. En Internet, podemos poseer identidades fluidas e, incluso, múltiples. Los entornos digitales nos dan la oportunidad de transitar, sin problema, por todas las variantes o gradaciones de la masculinidad y la feminidad o por distintas identidades étnicas o culturales. Podemos ser, sucesivamente, mujeres, hombres, heterosexuales, lesbianas, transexuales, negros, mexicanos y asiáticos o, incluso, todo ello a la vez.

Tal como afirma Sherry Turkle en La vida en la pantalla:

Internet es otro elemento de la cultura informática que ha contribuido a pensar en la identidad en términos de multiplicidad. En Internet, las personas son capaces de construir un yo al merodear por muchos yoes.

Sin embargo, es posible que la libertad para reelaborar la identidad individual en Internet esté llegando a su fin. Ello se debe a la tendencia, cada vez más evidente en la red, a vincular la(s) personalidad(es) virtual(es) con la identidad del individuo en el mundo físico. Es posible constatar que, a medida que Internet evoluciona, el yo virtual tiende a entenderse como una extensión de la personalidad física del sujeto y no como un ente que puede evolucionar con autonomía. De forma creciente, las instituciones y empresas que dominan las redes digitales de comunicación intentan domesticar las identidades digitales mediante su reintegración al cuerpo físico. En este sentido, no deja de ser significativo que Google + impida abrir crear perfiles en su red social si estos no pertenecen a una persona “real”.

Con el desarrollo de la sociedad hiperconectada, la vinculación entre nuestra existencia en el mundo de los átomos y nuestra actividad en el universo de los bits se va tornando más intensa. Una diversidad de cuerpos de datos alojados en Internet –desde cuentas bancarias hasta expedientes clínicos pasando por las huellas que dejamos al navegar por la web o al activar los sistemas de georreferenciación en nuestros dispositivos móviles– afianzan los lazos entre nuestras identidades física y digital. La posibilidad de dar vida yoes virtuales desvinculados de nuestra realidad corporal se va difuminando a medida que las interacciones entre el mundo físico y las redes digitales de comunicación se van haciendo más profundas. Internet funciona cada vez menos como un territorio para construir personalidades alternativas y opera cada vez más como un entorno que intensifica nuestra identidad en el mundo físico.

Es cierto que las redes de comunicación son todavía un lugar en el que es posible experimentar con identidades dúctiles y flexibles. Sin embargo, no es menos cierto que Internet se está convirtiendo en un espacio cada vez más normativizado, en el que las actividades que realizamos tienden a relacionarse de manera más estrecha con nuestra experiencia en el mundo físico. Quizá durante algún tiempo pareció posible que la red nos permitiese ensanchar los márgenes de libertad para reformular nuestro yo, pero lo cierto es que ahora parece estarlos estrechando.

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El museo universal y sus paradojas

En cuanto máquinas que pueden ser todas las otras máquinas, los ordenadores son medios universales (aunque lo son al precio imprevisible de la digitalización). Ofrecen a las cosas frágiles, efímeras y amenazadas que llenan o, mejor dicho, que constituyen los museos, una herramienta que, al menos en alguna de sus implementaciones, debería representar un almacenamiento perdurable. Sin embargo, de la universalidad de este medio se desprende, al mismo tiempo, una paradoja conocida ya de la teoría de conjuntos: el medio que archiva todos los medios no puede archivarse a sí mismo.

Friedrich Kittler, Museos en la frontera digital, 1996.

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El hipermuseo y su prehistoria

Cajas en el Departamento de Archivos y Gestión de Registros de la Kennesaw State University, Georgia. Fotografía de Anne G.

Cajas en el Departamento de Archivos y Gestión de Registros de la Kennesaw State University, Georgia. Fotografía de Anne G.

Podemos imaginar un museo erigido en el casco antiguo de alguna ciudad del mundo. Lo vemos ahí, luciendo su arquitectura sobria, brillante y aséptica, que contrasta con el aspecto caótico, gris y algo envejecido de las edificaciones que le rodean. Su fachada es un muro cortina cristalino que pretende erigirse, gracias a su transparencia, en el vínculo que une la metódica, ritmada y casi secreta actividad de la institución con el bullicio del mundo exterior.

Sin embargo, las inmaculadas paredes del recinto representan una barrera casi infranqueable para la gente que se encuentra fuera de él. El museo es una especie de búnker, recogido sobre sí mismo e impermeable a lo que acontece más allá de sus paredes. Su función principal es la de salvaguardar un conjunto de objetos a los que se atribuye un valor incalculable, aunque nadie sabe a ciencia cierta por qué son tan excepcionales.

Muchas de las obras atesoradas en el museo parecen cosas anodinas, no demasiado distintas a las que podemos encontrarnos en el mundo exterior: acumulaciones de objetos, fotografías y vídeos, muchos de ellos sin sentido aparente. No obstante, a estas piezas se les dispensa un trato de reliquias, por lo que de ellas deriva una serie de prohibiciones que impiden manipularlas o reproducirlas con libertad y que solo posibilitan contemplarlas si se hace con una actitud reverencial.

En realidad, no es mucha la gente que muestra entusiasmo por los objetos conservados en este museo. Tal desinterés es natural. Después de todo, la capacidad para decir qué piezas deben formar parte de sus colecciones corresponde a un número reducidísimo de personas, entre las que se podrían contar el director de la institución, unos pocos críticos y curadores, amén de algunos coleccionistas, políticos y publicistas. Son ellos los que se arrogan para sí la capacidad de decidir, en nombre de la mayoría, qué porciones de nuestro legado merecen ser conservadas. Lo hacen atribuyéndose unos conocimientos, una influencia y un gusto que se sitúan muy por encima de los del resto de la gente. Toman decisiones en nombre de todos porque se consideran los abanderados de la sensibilidad más avanzada, aunque lo más probable es que ahora nuestra sociedad los haya relegado a una posición de retaguardia.

Este museo es imaginario. Sin embargo, no parece demasiado distinto a los que podemos encontrar en muchas ciudades del mundo: instituciones que, pese a sus pretensiones de modernidad, parecen más propias del siglo pasado que de los tiempos actuales. Museos que pretenden erigirse en los depositarios de los signos de identidad de nuestra sociedad, pero que probablemente no son más que sombras de una época definitivamente clausurada.

También podemos imaginar un museo bien distinto. Este museo no se distingue por su flamante arquitectura ni por tener su sede en algún edificio proyectado en el despacho de un célebre arquitecto. En realidad, carece de espacio físico, de límites fijos y de muros que lo separen del mundo exterior. El museo que ahora imaginamos no se encuentra en un sitio concreto, pues está disperso a lo largo y a lo ancho de las redes digitales de información. Es un espacio –más virtual que real– permeable y lleno de puertas de acceso: para entrar a él es suficiente con disponer de un dispositivo con conexión a Internet.

Al carecer de fronteras definidas, este museo hace inútiles las distinciones entre lo que se halla adentro y lo que está afuera de él. No es un sitio apartado ni aislado, sino que se encuentra completamente imbricado en la actividad de la telaraña. Sus colecciones, vastísimas, se nutren de los flujos de información que circulan por Internet: constituye su acervo la infinidad de documentos –textuales, visuales, sonoros y multimedia– que los usuarios comparten, distribuyen y clasifican en la red. Más que un museo, es un hipermuseo, pues, debido a su lógica interna, permite que todos los elementos que conforman sus colecciones estén virtualmente relacionados y conectados entre sí.

No se puede decir que, por sí solo, cada uno de los millones de documentos alojados en este museo pueda considerarse un tesoro. Lo cierto es que la gran mayoría de los archivos que componen estas colecciones se pueden reproducir de una manera sencilla y económica, por lo que no se distinguen ni por su excepcionalidad ni su rareza. A diferencia del museo tradicional, cuya razón de ser consiste en la preservación de un número limitado de piezas extraordinarias y valiosas, nuestro museo imaginario es una colección de documentos sin excesivo valor en sí mismos, pero que, en su conjunto, constituyen un fabuloso registro del conocimiento humano.

Este museo es una obra colectiva: sus colecciones se forman y se organizan a partir de decisiones tomadas por grandes colectivos de personas que actúan conjuntamente y no por una élite que decide a espaldas de la sociedad. Su manera de funcionar poco tiene que ver con la del museo tradicional, esencialmente jerárquico y centralizado: es un proyecto multitudinario, articulado alrededor de grandes conjuntos de personas agrupadas en redes horizontales y descentralizadas que han sido organizadas de forma más o menos espontánea. Se trata de un museo que la gente va construyendo de forma permanente y que, por esta razón, muestra siempre un carácter poliédrico, metamórfico e inconcluso.

Este museo es imaginario. Sin embargo, se parece mucho al que están construyendo de forma espontánea los millones de individuos que cada día añaden documentos e información en Internet, a través de una infinidad de wikis, redes sociales y proyectos colaborativos. Es un espacio emergente, muy semejante al gran archivo virtual que las multitudes conectadas a Internet van construyendo, ampliando y organizando mediante una serie de protocolos informales pero eficaces, cuyo funcionamiento aún está por estudiar. Guarda gran semejanza con el museo germinal de la redes de comunicación, llamado a ocupar el lugar del museo tradicional y que nos permite intuir cómo serán las formas de preservar, coleccionar y ordenar las creaciones del futuro.

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La razón práctica digital

Es la esencia de la razón práctica en la era digital: si no quieres que te roben tus cosas, haz que la gente pueda disponer de ellas con facilidad.

Lawrence Lessig, Remix, 2008.

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El copyleft, una lectura pragmática

Grafito en una calle de Toronto, con la leyenda "Invest in sharing". Fotografía de Toban Black.

Grafito en una calle de Toronto. Fotografía de Toban Black.

Lo que explicaré en esta entrada les parecerá una obviedad a algunos de mis amigos. Otros, lo considerarán una herejía. El copyleft y su aplicación en el campo de la creación, en general, y en el de la edición, en particular, es un tema del que se ha hablado hasta la saciedad en los últimos años, hecho que provoca que muchas de las aproximaciones que se hacen de él terminen por caer en el lugar común.

Sin embargo, esta forma de entender el derecho de autor también ha desencadenado agrias discusiones entre bandos enfrentados e irreconciliables. La irrupción de Internet, que ha modificado de forma radical las condiciones de creación, distribución y recepción de los productos artísticos, ha abierto un encendido debate sobre la pertinencia de los criterios que han regido la propiedad intelectual en la época moderna, con el copyleft en el centro de la discusión. Después de todo, el movimiento copyleft propone un cambio tan radical en las reglas del juego, que no resulta extraño que suscite un amplio rechazo entre los sectores más conservadores de la llamada “industria cutural”.

So riesgo de caer en el tópico, voy a razonar por qué considero que la utilización de las licencias copyleft es una opción adecuada para los creadores e, incluso, para los editores. En esta ocasión, mi argumentación estará guiada, fundamentalmente, por el pragmatismo. Aunque me cuento entre los que piensan que el copyleft merece ser defendido por razones de generosidad y altruismo, también creo que esta forma de entender el derecho de autor es la más útil y adecuada para los tiempos que corren. En realidad, las licencias copyleft son las que mejor se adaptan a la lógica de las redes digitales de comunicación.

Internet y, en particular, la web, son sistemas pensados para favorecer el intercambio y la compartición de conocimiento. La estructura de la telaraña, basada en un entramado de enlaces hipertextuales, que conectan virtualmente todos los documentos contenidos en ella, estimula el flujo de conocimiento. Precisamente, la riqueza de la web radica en su capacidad de poner en relación contenidos distintos y de crear vías de acceso a ellos.

Los flujos de información se ven favorecidos, además, por la facilidad con que es posible duplicar los documentos digitales. A diferencia de lo que sucede en el mundo de los átomos, donde los procesos de reproducción de objetos suelen ser complejos y caros, copiar documentos en el universo de los bits suele ser una tarea sencilla y económica. Pero no solo eso: el propio funcionamiento de los dispositivos informáticos y de Internet está basado en el acto de copiar. Tal como afirma Cory Doctorow:

El detonante de las reglas que rigen el derecho de autor –el acto de copiar– es intrínseco al funcionamiento de Internet y los ordenadores. El acto de «cargar» una página web en realidad no existe como tal, pues lo que uno hace es copiarla. El acto de «leer» un archivo del disco duro en realidad no existe como tal, pues lo que uno hace es copiarlo en la memoria.

Este hecho supone, en la práctica, que cualquier contenido alojado en la web pueda ser reproducido y difundido a gran velocidad entre los millones de servidores y terminales conectados en red, a menos que exista algún mecanismo que impida acceder a él o dificultar su libre distribución.

Podemos poner trabas a los flujos de información en la red. Sin embargo, lo cierto es que impedir que un contenido determinado fluya por ella es como poner puertas al campo. Debido a su carácter descentralizado, la red hace vana cualquier tentativa por detener la circulación de la información alojada en ella. Por mucho que nos empeñemos en eliminar un contenido de una página web determinada, lo más probable es que este se haya difundido viralmente y que los usuarios puedan acceder a él en otros sitios.

La web favorece la apertura, por lo que todos los proyectos que encuentran su razón de ser en la imposición de barreras al conocimiento tendrán muchas dificultades para sobrevivir en los tiempos actuales. En este sentido, el ocaso de las enciclopedias tradicionales ejemplifica a la perfección el fracaso de una manera anacrónica de entender la gestión del conocimiento. Las editoriales de enciclopedias tradicionales –entre las que se cuentan no solo Britannica, Larousse, Brockhaus, sino también los sellos españoles– pensaron que podrían conservar a sus lectores pese a que los obligaban a pagar por el acceso a unos contenidos con una calidad no demasiado mejor que la de los materiales gratuitos de Internet o pese a que les imponían penosos procesos de registro con el supuesto objetivo de impedir el “pirateo”. Los editores de enciclopedias tradicionales creyeron que el prestigio de sus marcas y la fama de sus contenidos serían argumentos suficientes para mantener cautivos a sus lectores, pero lo único que consiguieron fue que sus usuarios emigraran a otros sitios.

De hecho, la caída en desgracia de las Britannica, Larousse o Brockhaus no hace otra cosa que dar relevancia a uno de los fenómenos más notables de nuestra época: la Wikipedia. El ocaso de las enciclopedias tradicionales tiene su reverso en el éxito de la enciclopedia colaborativa. El proyecto de la Wikipedia viene a certificar que la apertura es la mejor estrategia para florecer en la web. Su vertiginoso crecimiento, solo equiparable al velocísimo desplome de las enciclopedias de toda la vida, se debe, en buena medida, a su capacidad para estimular el conocimiento compartido. Desde luego, son muchas las razones que permiten explicar el éxito de la Wikipedia; sin embargo, una de las principales radica en su apuesta por la libertad: libertad para acceder al conocimiento, libertad para generarlo.

Es lógico que si las condiciones de difusión del saber han cambiado, también se modifiquen las reglas que regulan su creación y su distribución. En este sentido, no es una casualidad que el florecimiento del copyleft cobre vigor en una época como la nuestra, marcada por la apertura: resulta natural que, en un mundo en el que predominan las tecnologías ideadas para compartir el conocimiento, muchos creadores antepongan el derecho a distribuir libremente sus creaciones al derecho a limitar su difusión. Si Internet es un territorio que hace inevitable la propagación del saber, resulta absurdo malgastar esfuerzos intentando hacer infranqueable nuestra propiedad intelectual. Parece más sensato, en cambio, regular la manera como deseamos que se difunda el conocimiento generado por nosotros. Porque ese es el sentido de las licencias copyleft: garantizar que se respeten los términos de acuerdo con los cuales un creador desea que se distribuyan y compartan las obras que ha producido. La defensa del copyleft puede ser entendida, en definitiva, como un ejercicio de realismo.

Alguien podría argüir que el copyleft, con su defensa del conocimiento libre, está legitimando la llamada “piratería”. Nada más lejos de la realidad. Lo que hacen los promotores de las licencias no restrictivas es defender la existencia de un marco legal capaz de ofrecer a los creadores un mayor control sobre sus creaciones y de garantizar a los usuarios un acceso conveniente a ellas. El copyleft intenta brindar unas reglas justas y claras que estimulen, por un lado, la producción de conocimiento y, por otro, el libre acceso a este. Se trata de una forma de entender el derecho de autor que se encuentra en los antípodas de la actitud antinormativa de los “piratas”.

En última instancia, el copyleft es una apuesta por una nueva forma de gestionar el conocimiento adaptada a la lógica de las tecnologías digitales de comunicación. Es un marco jurídico que responde a la realidad de la sociedad hiperconectada, donde la apertura se ve favorecida y la cerrazón, penalizada.

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Twitter, un canal de comunicación inmediato

¿Qué lleva a muchos millones de personas en todo el mundo a compartir con otros lo que están haciendo, en un máximo de 140 caracteres? La experiencia de Twitter resulta indispensable para entender su uso: por mucho que nos lo expliquen, no lo entenderemos en base teórica. Sin embargo, su uso es enormemente adictivo, porque permite, por un lado, sentirse mucho más cerca de aquellos a los que se sigue y que le siguen a uno, mientras posibilita también la construcción de canales de comunicación inmediatos con un efecto brutal sobre la viralidad, sobre la difusión de información.

Enrique Dans, Todo va a cambiar, 2010.

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Notas sobre Twitter (III): la nueva prensa

Hojas de un periódico viejo.

Hojas de periódico. Fotografía de Luc De Leeuw.

Hubo una época en la que los periódicos tenían unas medidas fijas, un principio y un final. El diario empezaba en la primera plana, donde los editores destacaban con grandes titulares las noticias que consideraban más importantes, y acababa en la contraportada, un espacio en el que ensayaban todo tipo de recursos para atraer la atención del público menos dócil. Dentro de estos límites, el lector se sumergía en un collage de textos e imágenes que, en su conjunto, buscaban reconstruir la totalidad de los acontecimientos del día anterior. De esta manera, quien recorría el periódico de principio a fin, pasando una página tras otra, podía tener la seguridad de encontrarse al tanto de todos –o casi todos los temas– que revestían importancia. Un buen lector de diario, aquel que transitaba con paciencia por las distintas planas del periódico, repasando los titulares y entreteniéndose en la lectura de las noticias encabezadas por ellos, acababa sabiendo y opinando de todo: de política, de economía, de literatura, de boxeo, de mecánica y de toros, entre muchas otras cosas.

También existieron unos tiempos en los que la lectura de la prensa contaba con un espacio propio dentro de la rutina diaria. Leer el periódico requería disciplina y dedicación. Por ello, la gente se reservaba un momento específico del día para dedicarlo a la lectura de los sucesos de actualidad. Lo hacía en el autobús, en el metro o en el tren, de camino al trabajo; en el bar, delante de un café, o en el banco de un parque, en una hora de asueto. Durante mi adolescencia en Yucatán, ese momento tenía lugar, para mí, cuando volvía de la escuela al mediodía y podía tomar el diario que mi padre había dejado sobre la mesa del comedor, antes de marchar a la oficina por la mañana.

En aquellos tiempos, eran los editores y los directores de los diarios quienes decidían lo que el público debía leer. Ellos marcaban la línea editorial del periódico, seleccionaban a los articulistas y a los reporteros, aprobaban las noticias que debían publicarse, desechaban los contenidos que consideraban anodinos o comprometedores y supervisaban los titulares que aparecerían en primera plana. Los lectores tenían poco que decir ante tal situación: cada día recibían un ejemplar impreso y acabado, que no podían modificar de ninguna manera. Si alguna noticia no les interesaba o algún artículo les disgustaba, todo lo que podían hacer era dejar de leerlo. Tenían una capacidad prácticamente nula para modificar la línea editorial del diario que leían. Podían escribir una carta al director, que normalmente nunca era atendida. Como último recurso, podían cambiar de periódico. Al final, acababan volviendo a la prensa de siempre porque las alternativas eran peores. Sin embargo, siempre se quedaban con la sensación de que el diario de toda la vida, “su” diario, no era realmente el que ellos querían.

La prensa de nuestros días es muy distinta. Con Twitter, el periódico ha dejado de tener límites constreñidos y jerarquías. Gracias a la popular red social de los micromensajes, los lectores pueden construir un diario a su medida seleccionando las fuentes de su interés: publicaciones, periodistas, articulistas, blogueros, políticos, actores o simples ciudadanos. Potencialmente, cualquier persona puede convertirse en el editor de su propio periódico haciéndose seguidor de los tuiteros que tratan los temas que más le interesan. Si elige con acierto sus fuentes, tendrá a su disposición un equipo de informantes que se encargará de seleccionarle a tiempo real los contenidos más interesantes de la web y le facilitará los enlaces para acceder a ellos. Si bien Twitter no es un espacio adecuado para la expresión de ideas complejas, resulta, en cambio, una herramienta fabulosa para difundir titulares y atraer la atención de los lectores. Es como una página de diario fluida y siempre cambiante que nos pone sobre aviso acerca de los temas y materiales que, en un momento determinado, tienen más importancia en la web.

De la misma manera que el periódico ha perdido sus límites físicos, los lectores han dejado de dedicar un momento específico del día a la lectura de la prensa. Twitter ha modificado radicalmente los rituales que rodean el consumo de las noticias. Si antes contábamos con un tiempo fijado de antemano para sumergirnos en los textos noticiosos, hoy leemos la prensa mediante el móvil cada vez que queremos llenar los tiempos muertos entre nuestros quehaceres cotidianos. La naturaleza física del periódico impreso exigía una lectura de principio a fin, lo que nos obligaba a disponer de un momento adecuado para llevarla a cabo. En cambio, el carácter esencialmente líquido de Twitter invita a leer de una manera distraída. Como la aproximación a esta red social es, por definición, fragmentaria –resulta imposible leer la totalidad de los tweets publicados, pues estos se agregan incesantemente–, no existe un lapso ideal para repasar los mensajes publicados por sus miembros. Por esta razón, tendemos a dividir el tiempo de lectura de la prensa digital en distintos momentos a lo largo del día, dependiendo ratos libres de que dispongamos. Frente a la lectura sistemática del diario tradicional, Twitter ha impuesto una nueva manera de leer menos atenta y más difusa.

Aunque carecíamos de control sobre ellos, los periódicos tradicionales nos daban la sensación de que era posible abarcarlo todo. Leerlos resultaba tranquilizador, pues nos otorgaban la seguridad de que estábamos informados acerca de todo lo importante que había acontecido en el mundo. Twitter, en cambio, nos ofrece la posibilidad de gestionar nosotros mismos las noticias que deseamos consultar, pero nos obliga a enfrentarnos a un cúmulo de información completamente inabarcable. Cuando observamos cómo los tweets se suceden a ritmo vertiginoso por la pantalla de nuestro terminal, cobramos conciencia de que la cantidad de conocimiento a nuestra disposición es inmanejable. El reto al que nos enfrentamos ahora mismo consiste en aprender cómo digerir la desmesurada cantidad de datos que tenemos a nuestro alcance. Consiste en descubrir las estrategias que nos permitirán seleccionar, ordenar y asimilar el enorme caudal de información generado por la sociedad hiperconectada.

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El arte de la multitud

La masa es una matriz de la que actualmente surge todo comportamiento consabido frente a las obras artísticas. La cantidad se ha convertido en calidad: el crecimiento masivo del número de participantes ha modificado la índole de su participación. Que el observador no se llame a engaño porque dicha participación aparezca por de pronto bajo una forma desacreditada.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, 1936.

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