Internet: ¿el fin de la diversidad?

Multitud presenciando un concierto.

Multitud en el festival Openair St. Gallen, Suiza, 2010. Fotografía de Michael Dornbierer.

Es innegable que Internet ha desempeñado un papel fundamental para favorecer la diversidad. Las redes digitales de comunicación han hecho posible publicar y consultar documentos e información de todo tipo. En ellas, se acumula el conocimiento producido por una multitud de creadores con intereses, orígenes y trasfondos culturales diversos. En ninguna época como en la nuestra, tanta gente había tenido la oportunidad de acceder a una cantidad tan variada y extensa de documentos como la que ofrece la red: desde contenidos elaborados por especialistas y centros de investigación hasta materiales realizados por aficionados y diletantes; desde creaciones concebidas para público masivo hasta productos pensados para segmentos muy minoritarios de la población digital.

Por ello, no deja de resultar paradójico que comiencen a consolidarse una serie de prácticas en Internet que tienden a favorecer la uniformidad y a penalizar los contenidos que se salen de la norma y se sitúan al margen del gusto mayoritario.

Un ejemplo claro de ello lo tenemos en la manera de funcionar de los buscadores, que constituyen la principal puerta de acceso a los contenidos alojados en las redes digitales. Como es bien sabido, la popularidad es uno de los principales criterios en que se basan las arañas de los buscadores para otorgar relevancia a las páginas dispersas en la web. Si un sitio genera mucho tráfico y es enlazado por muchas páginas externas, tiene muchas posibilidades de aparecer indizado en las primeras posiciones de los resultados de búsqueda, hecho que, a su vez, provoca que obtenga más visitas y que aumente sus probabilidades de conseguir más enlaces desde otras webs.

Esta manera de funcionar termina teniendo efectos perversos, en la medida en que tiende a privilegiar la popularidad por encima de los criterios de pertinencia o calidad. Ya resulta muy habitual que, cuando uno busca información sobre temas concretos, los buscadores tiendan a recomendarle páginas muy visitadas, pero con información mediocre, al tiempo que le ocultan sitios más rigurosos, pero menos populares. En este sentido, no deja de resultar desesperante que las primeras posiciones de los resultados de búsqueda de casi cualquier tema cultural o científico suelan estar copadas por entradas de la Wikipedia o por páginas que calcan los contenidos de esta enciclopedia colaborativa. El resultado de ello es que los ecos de la Wikipedia comienzan a resonar en numerosísimas publicaciones tanto digitales como en papel. A final de cuentas, la inteligencia colectiva desemboca en el pensamiento uniforme.

Y que conste que considero que la Wikipedia es un proyecto magnífico, en el que he colaborado activamente (de hecho, durante bastante tiempo, llevé algo así como una doble vida: de día coordinaba –cobrando– la edición de enciclopedias para un poderoso grupo editorial, mientras que, de noche escribía y editaba –sin remuneración económica– artículos de las ediciones catalana y castellana de la Wikipedia). Simplemente intento alertar sobre los peligros que entraña la excesiva influencia cultural que comienzan a adquirir determinadas prácticas en Internet.

El saber alojado en Internet es abundante y variado, pero no siempre es sencillo acceder a él. En otro texto, afirmaba que las redes digitales habían traído consigo un nuevo tipo de rareza, que ya no depende de la escasez sino del desconocimiento. En nuestra época, una cosa es rara no ya porque exista en poco número –como los incunables o las monedas antiguas–, sino porque nos cuesta reparar en su presencia –como pasa con los documentos que permanecen semiocultos en los márgenes de la red. Y de hecho, gran parte del conocimiento acumulado en las redes digitales va ganando en rareza a medida que se muestra incapaz de competir con el enorme poder de atracción de los contenidos más populares de Internet y de encontrar los medios para obtener presencia en un entorno sobresaturado de información.

En realidad, uno de los grandes desafíos a los que nos enfrentamos quienes defendemos la pluralidad de Internet consiste en diseñar estrategias para lograr que lo minoritario, lo extraño y lo diferente encuentren canales para ganar visibilidad. De lo que se trata es de conseguir que la diversidad aflore y se haga un sitio dentro del inmenso territorio en que se ha convertido Internet.

Publicado originalmente en a*desk Highlights.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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