El hipermuseo y su prehistoria

Cajas en el Departamento de Archivos y Gestión de Registros de la Kennesaw State University, Georgia. Fotografía de Anne G.

Cajas en el Departamento de Archivos y Gestión de Registros de la Kennesaw State University, Georgia. Fotografía de Anne G.

Podemos imaginar un museo erigido en el casco antiguo de alguna ciudad del mundo. Lo vemos ahí, luciendo su arquitectura sobria, brillante y aséptica, que contrasta con el aspecto caótico, gris y algo envejecido de las edificaciones que le rodean. Su fachada es un muro cortina cristalino que pretende erigirse, gracias a su transparencia, en el vínculo que une la metódica, ritmada y casi secreta actividad de la institución con el bullicio del mundo exterior.

Sin embargo, las inmaculadas paredes del recinto representan una barrera casi infranqueable para la gente que se encuentra fuera de él. El museo es una especie de búnker, recogido sobre sí mismo e impermeable a lo que acontece más allá de sus paredes. Su función principal es la de salvaguardar un conjunto de objetos a los que se atribuye un valor incalculable, aunque nadie sabe a ciencia cierta por qué son tan excepcionales.

Muchas de las obras atesoradas en el museo parecen cosas anodinas, no demasiado distintas a las que podemos encontrarnos en el mundo exterior: acumulaciones de objetos, fotografías y vídeos, muchos de ellos sin sentido aparente. No obstante, a estas piezas se les dispensa un trato de reliquias, por lo que de ellas deriva una serie de prohibiciones que impiden manipularlas o reproducirlas con libertad y que solo posibilitan contemplarlas si se hace con una actitud reverencial.

En realidad, no es mucha la gente que muestra entusiasmo por los objetos conservados en este museo. Tal desinterés es natural. Después de todo, la capacidad para decir qué piezas deben formar parte de sus colecciones corresponde a un número reducidísimo de personas, entre las que se podrían contar el director de la institución, unos pocos críticos y curadores, amén de algunos coleccionistas, políticos y publicistas. Son ellos los que se arrogan para sí la capacidad de decidir, en nombre de la mayoría, qué porciones de nuestro legado merecen ser conservadas. Lo hacen atribuyéndose unos conocimientos, una influencia y un gusto que se sitúan muy por encima de los del resto de la gente. Toman decisiones en nombre de todos porque se consideran los abanderados de la sensibilidad más avanzada, aunque lo más probable es que ahora nuestra sociedad los haya relegado a una posición de retaguardia.

Este museo es imaginario. Sin embargo, no parece demasiado distinto a los que podemos encontrar en muchas ciudades del mundo: instituciones que, pese a sus pretensiones de modernidad, parecen más propias del siglo pasado que de los tiempos actuales. Museos que pretenden erigirse en los depositarios de los signos de identidad de nuestra sociedad, pero que probablemente no son más que sombras de una época definitivamente clausurada.

También podemos imaginar un museo bien distinto. Este museo no se distingue por su flamante arquitectura ni por tener su sede en algún edificio proyectado en el despacho de un célebre arquitecto. En realidad, carece de espacio físico, de límites fijos y de muros que lo separen del mundo exterior. El museo que ahora imaginamos no se encuentra en un sitio concreto, pues está disperso a lo largo y a lo ancho de las redes digitales de información. Es un espacio –más virtual que real– permeable y lleno de puertas de acceso: para entrar a él es suficiente con disponer de un dispositivo con conexión a Internet.

Al carecer de fronteras definidas, este museo hace inútiles las distinciones entre lo que se halla adentro y lo que está afuera de él. No es un sitio apartado ni aislado, sino que se encuentra completamente imbricado en la actividad de la telaraña. Sus colecciones, vastísimas, se nutren de los flujos de información que circulan por Internet: constituye su acervo la infinidad de documentos –textuales, visuales, sonoros y multimedia– que los usuarios comparten, distribuyen y clasifican en la red. Más que un museo, es un hipermuseo, pues, debido a su lógica interna, permite que todos los elementos que conforman sus colecciones estén virtualmente relacionados y conectados entre sí.

No se puede decir que, por sí solo, cada uno de los millones de documentos alojados en este museo pueda considerarse un tesoro. Lo cierto es que la gran mayoría de los archivos que componen estas colecciones se pueden reproducir de una manera sencilla y económica, por lo que no se distinguen ni por su excepcionalidad ni su rareza. A diferencia del museo tradicional, cuya razón de ser consiste en la preservación de un número limitado de piezas extraordinarias y valiosas, nuestro museo imaginario es una colección de documentos sin excesivo valor en sí mismos, pero que, en su conjunto, constituyen un fabuloso registro del conocimiento humano.

Este museo es una obra colectiva: sus colecciones se forman y se organizan a partir de decisiones tomadas por grandes colectivos de personas que actúan conjuntamente y no por una élite que decide a espaldas de la sociedad. Su manera de funcionar poco tiene que ver con la del museo tradicional, esencialmente jerárquico y centralizado: es un proyecto multitudinario, articulado alrededor de grandes conjuntos de personas agrupadas en redes horizontales y descentralizadas que han sido organizadas de forma más o menos espontánea. Se trata de un museo que la gente va construyendo de forma permanente y que, por esta razón, muestra siempre un carácter poliédrico, metamórfico e inconcluso.

Este museo es imaginario. Sin embargo, se parece mucho al que están construyendo de forma espontánea los millones de individuos que cada día añaden documentos e información en Internet, a través de una infinidad de wikis, redes sociales y proyectos colaborativos. Es un espacio emergente, muy semejante al gran archivo virtual que las multitudes conectadas a Internet van construyendo, ampliando y organizando mediante una serie de protocolos informales pero eficaces, cuyo funcionamiento aún está por estudiar. Guarda gran semejanza con el museo germinal de la redes de comunicación, llamado a ocupar el lugar del museo tradicional y que nos permite intuir cómo serán las formas de preservar, coleccionar y ordenar las creaciones del futuro.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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