Notas sobre Twitter (II): la política de la multitud

Etiquetas con mensajes sobre una pared de la plaza Catalunya de Barcelona, durante la acampada de los Indignados, el 21 de mayo de 2011.

Etiquetas con mensajes en la plaza Catalunya de Barcelona, durante la acampada de los Indignados, el 21 de mayo de 2011. Fotografía de Julien Lagarde.

El éxito de la convocatoria de la protesta mundial del 15-O pone en evidencia de forma diáfana una de las grandes paradojas de Twitter: esta herramienta, símbolo del ocaso de las capacidades comunicativas de los sujetos, ha terminado por convertirse en el medio ideal para que la multitud se exprese de una manera vigorosa. Por un lado, la red social de los micromensajes, con su énfasis en lo inmediato y lo sintético, contribuye a la erosión de las habilidades de la expresión individual que caracteriza a la sociedad hiperconectada; pero, por otro, posee una capacidad fabulosa para aglutinar conjuntos de comentarios y mensajes que carecerían de valor por separado convirtiéndolos en poderosas corrientes de opinión y en instrumentos eficaces de organización colectiva. En Twitter, el empobrecimiento del pensamiento individual tiene su contrapartida en la potenciación de la inteligencia de la multitud.

No es de extrañar que esta la red social esté desempeñando un papel fundamental en los grandes movimientos sociales de los últimos meses, desde las revueltas de los países árabes hasta la protesta mundial del 15 de octubre, pasando por los movimientos de indignados de países como España, Chile, Israel y Estados Unidos.

Espacio poco adecuado para impulsar el pensamiento reflexivo, Twitter es, en cambio, un magnífico instrumento para difundir consignas y mensajes políticos. Esto se debe, en buena medida, a su funcionamiento interno que, al poner énfasis en el reenvío de mensajes a través de una infinidad de cadenas de usuarios interconectados, favorece la distribución viral de los comentarios. La capacidad multiplicadora de Twitter hace posible que los mensajes susceptibles de ser asumidos por la multitud alcancen una inusitada difusión en lapsos muy breves. Gracias a Twitter, una proclama que, en otros tiempos, habría llegado solo a un número muy reducido de personas –a menos que hubiese llamado la atención de los medios de comunicación tradicionales– puede convertirse en un eslogan de resonancia mundial.

La capacidad relacional de Twitter se ve favorecida, además, por las etiquetas (hashtags), cuya función principal es crear puntos de contacto entre personas con intereses, motivaciones e ideas semejantes. Gracias a ellas, los usuarios pueden localizar los tweets de los temas que les interesan, entre los millones de mensajes que diariamente se difunden por la red social. Las etiquetas funcionan como campos magnéticos que atraen hacia sí sujetos que comparten visiones de la realidad. Crean espacios de encuentro donde personas geográficamente distantes entre sí, pero susceptibles de adoptar valores comunes, pueden intercambiar mensajes. Gracias a las etiquetas, podemos leer los mensajes de personas que tienen ideas como las nuestras y sentirlas “cercanas a nosotros”, por muy lejos que se encuentren en el mundo físico. Las etiquetas son unas poderosas fuerzas centrípetas, con capacidad para contrarrestar la dispersión de la red y favorecer la creación de comunidades.

Viralidad y sentido comunitario son, probablemente, los dos factores que explican el éxito de Twitter como instrumento político. En esta red social, las consignas se difunden a velocidad de vértigo y, en el camino, van logrando las adhesiones de los usuarios que se identifican con ellas. De esta manera, Twitter fomenta una política emocional, en la que prima la comunión afectiva con unos valores compartidos, por encima de las decisiones fruto del cálculo puramente racional. Frente a las formas de administración tecnocrática de los Estados y las instituciones financieras internacionales, los movimientos sociales nacidos al abrigo de Twitter y las redes sociales proponen una participación ciudadana sustentada en la identificación emotiva con unas aspiraciones y unos valores compartidos. En el fondo, el activismo de Twitter nace de una suma de afectos y por eso sus proclamas suelen estar teñidas de idealismo.

No hay que desdeñar la capacidad de las multitudes organizadas en red como motor de cambio social. Su contribución ha sido decisiva en la caída de los regímenes dictatoriales de Argelia y Egipto este año, de la misma manera que lo fue en 2004 para dar el triunfo a José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones generales de España. En realidad, la multitud que se movilizó espontáneamente mediante SMS para lanzar un voto de castigo contra los políticos que intentaron manipularla tras los atentados del 11-M es la misma que ahora se comunica mediante Twitter y que probablemente negará su apoyo a los socialistas en los comicios del próximo 20 de noviembre. Ahora mismo, resulta más que evidente que la política de los afectos puede cambiar la historia.

Sin embargo, afirmar que la política de las redes sociales se sustenta tan solo en un componente emocional supone caer en el reduccionismo. Twitter es un gran difusor de consignas, pero también es una guía que, bien utilizada, nos ayuda a orientarnos en la web. Gracias a los hiperenlaces incluidos en muchos tweets, podemos acceder a sitios con recursos que nos permiten trascender la superficialidad del mensaje de 140 caracteres. Desde Twitter, podemos acceder a blogs donde se fomenta la reflexión, a foros donde se debaten las ideas y a wikis donde se conciben y se construyen proyectos políticos. La red ofrece herramientas novedosas que favorecen la reflexión, el intercambio de ideas y la organización de redes de participación política. En su conjunto, ellas son el complemento a la política emocional impulsada por Twitter.

Está por ver si las multitudes que se han organizado para hacer oír su voz en todo el mundo lograrán crear estrategias de gestión ciudadana eficaces, capaces de ofrecer verdaderas alternativas a las estructuras políticas tradicionales. Los hechos demuestran que las organizaciones informales conectadas en red son capaces llevar a cabo con éxito proyectos complejos. Tenemos un buen ejemplo de ello en las comunidades de software libre, cuyos proyectos cooperativos han hecho posible el desarrollo de un buen número de herramientas que utilizamos todos los días en Internet. ¿Resulta viable aplicar los modelos cooperativos que tanto éxito han alcanzado en la red a las iniciativas de gestión pública? ¿Es posible consolidar un proyecto político sustentado en redes horizontales y descentralizadas de ciudadanos que colaboran desinteresadamente por el bien común? Por ahora, construir una política basada en la transparencia y la cooperación desjerarquizada parece utópico. Sin embargo, esto no quiere decir que no sea deseable.

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Twitter y el ocaso de las relaciones humanas

Una vez sustituido el contacto cara a cara por la modalidad «pantalla a pantalla», las que entran en contacto son las superficies. Por cortesía de Twitter, el surf, el medio de locomoción preferido en esta vida presurosa donde las oportunidades surgen en un instante y al instante desaparecen, ha alcanzado también la comunicación interhumana. Lo que se resiente, como consecuencia, es la intimidad, la profundidad y la durabilidad de la relación y los vínculos humanos.

Zygmunt Bauman, «Como hacen los pájaros», en 44 cartas desde el mundo líquido, 2010.

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Notas sobre Twitter (I): los zombis

Hace cosa de un mes circulaba por Twitter una adivinanza que decía algo así como “¿En qué se parecen los muertos a los tuiteros?”. El mismo micromensaje ofrecía la respuesta a continuación: “en que no tienen vida”. Muy pronto, @abrockmexico, un amigo mío de la adolescencia, se encargó de difundir, en otro tweet, una versión más ingeniosa de la solución al enigma: “[Se parecen] más a los zombis: no tienen vida pero se mueven.” El breve mensaje –de entrada, uno más entre los miles de tweets que se apilan en la pantalla de mi móvil cada día y en los que apenas puedo reparar– consiguió llamar mi atención. En cierta manera, mi amigo había logrado describir con precisión el carácter que adquiere la existencia individual en la red social de los micromensajes, un lugar poblado por individuos aparentemente insuflados de vida, pero cuyo comportamiento tiende a ser más bien maquinal.

Es posible que gran parte del éxito de Twitter radique más en lo que impide hacer que en lo que efectivamente permite realizar. El minúsculo espacio que la aplicación pone a nuestra disposición cada vez que queremos escribir un mensaje es, ante todo, un elemento disuasorio concebido para evitar que malgastemos el tiempo intentando redactar de una manera esforzada. Twitter no es un lugar para escribir; es un sitio para abandonar la escritura. El pequeño recuadro alargado cuyo encabezado nos compele a contar “qué está pasando”, en el fondo, nos libera de la responsabilidad de decir algo de verdad. Después de todo, 140 caracteres no dan para gran cosa: sirven para lanzar un grito, para difundir una consigna, para dejar escapar un balbuceo o, en el mejor de los casos, para hacer pública una ocurrencia.

Precisamente, el atractivo de esta red social deriva del hecho de que no permite hacer casi nada. Y, por esta razón, sus virtudes se expresan en un sentido negativo: Twitter no admite ideas elaboradas, no permite hilar discursos complejos ni ofrece espacio para los sentimientos profundos. Todos estos corsés representan una gran ventaja en la sociedad hiperconectada, donde se hace cada vez más evidente la falta de interés y de habilidades para expresar pensamientos y emociones de una manera refinada. Twitter aparece como una herramienta de gran utilidad en una cultura como la nuestra, dominada por la superficialidad. Tal como afirma Zygmunt Bauman en una de sus 44 cartas desde el mundo líquido:

Por cortesía de la administración de Twitter, la notoria reticencia y la bochornosa torpeza para comunicar los motivos y objetivos de nuestros actos, o los sentimientos que los acompañan, dejan de ser un impedimento y ascienden a la categoría de virtud. Lo que se nos dice y se nos da a entender –a nosotros y a otras personas como nosotros– es que lo único que importa es saber y comunicar lo que hacemos en este momento o en cualquier otro; lo que importa es “estar a la vista”.

En última instancia, Twitter dista de ser un lugar adecuado para establecer una comunicación efectiva. Su verdadera utilidad radica en su capacidad para permitirnos afirmar nuestra existencia frente a los demás. Los micromensajes que enviamos constantemente no tienen otro objetivo que recordarle al resto de la gente “que seguimos ahí”. Son un certificado de nuestra presencia en el mundo. En este sentido, se asemejan a los graffiti callejeros, cuyos intrincados trazos son más una huella destinada a indicarnos la presencia de un autor que una creación con una verdadera voluntad expresiva.

Nos entretenemos tuiteando porque queremos demostrar que seguimos vivos. Sin embargo, los mensajitos que se van sucediendo en la pantalla de nuestro terminal no logran ocultar que vivimos de una manera precaria, imposibilitados como estamos para intercambiar ideas o pensamientos profundos. Nuestros tweets ponen de manifiesto que solo existimos superficialmente, incapaces de superar la inercia de nuestros actos y ofrecer signos de una verdadera humanidad. Como los zombis mismos.

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Reflexiones sobre el museo de la multitud, en a*desk

a*desk ha publicado hoy un artículo mío titulado «El museo de la multitud: dos hipótesis», en el que reflexiono sobre los cambios que están experimentando las instituciones museísticas ante la irrupción de las grandes redes colaborativas surgidas al abrigo de Internet.

El texto gira alrededor de dos preguntas que deberían ocupar un lugar central en los debates sobre la identidad y la función de los museos en la actualidad: ¿cuál es el papel que estas instituciones deben asumir en una realidad dominada por las tecnologías digitales de comunicación? ¿Aún goza el museo de legitimidad en la sociedad hiperconectada?

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La biblioteca de las rarezas

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron… Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

Jorge Luis Borges, La Biblioteca de Babel, 1941.

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Lo raro en Internet

Gasolinera abandonada. Fotografía de moominsean.

Gasolinera abandonada. Fotografía de moominsean.

Existe en Internet un curioso sitio dedicado a lo raro. Yo me suelo pasear por él cuando, cansado de mis obsesiones personales y mis preocupaciones cotidianas, voy en busca de alguna temática o motivo inusual que logre sacarme de la monotonía. Pero, cuando estoy en el sitio, no deja de llamarme la atención que su anónimo autor –quien se ha propuesto, en sus propias palabras, “explorar la rareza de la vida en sus diversos aspectos”– nunca se haya detenido a analizar el sentido de lo raro en Internet. Por tanto, mientras él se decide a hacerlo, intentaré ofrecer una aproximación a la rareza en las redes digitales de comunicación.

El Diccionario de la Real Academia Española nos dice que lo “raro”, en una de sus acepciones, es lo “extraordinario, poco común o frecuente”. La misma obra nos indica que este término también se utiliza para referirse a lo “escaso en su clase o especie”. Por tanto, si hacemos caso al diccionario académico, el adjetivo “raro” sirve para aludir a todo aquello que se distingue por su carácter excepcional o su número limitado. Decimos que una cosa es rara cuando reconocemos en ella la cualidad que le otorga su pequeña cuantía. Lo raro es, pues, todo aquello de lo que solo podemos disponer en poco número. De acuerdo con esta lógica, consideramos que un grabado o un manuscrito determinados son raros porque sabemos que de ellos existen pocos ejemplares. Su rareza radica en la dificultad que tiene la mayoría de los individuos para disponer de ellos en virtud de su carácter excepcional o casi único.

Esto es así en el universo de los átomos, donde reproducir las cosas es a menudo una tarea dificultosa, cuando no imposible. Afirmar, por ejemplo, que los aguafuertes de Rembrandt son raros porque existen pocos ejemplares de ellos tiene su lógica en nuestro mundo físico, en la medida en que en él resulta imposible duplicarlos con absoluta fidelidad. Por más que se ajuste al original, la reproducción contemporánea de un grabado del artista holandés jamás podrá escapar a la condición de mero sucedáneo, cuyas pretensiones de originalidad no resistirían un análisis químico. Por tanto, aunque los aguafuertes del autor de la Ronda de noche cuenten con muchas –y muy buenas– imitaciones, jamás dejarán de ser una rareza en el mundo de los átomos.

La situación es bien distinta en el universo virtual de las redes de comunicación, donde reproducir objetos y fenómenos –o, mejor dicho, simulaciones de objetos y fenómenos– es una tarea generalmente económica y sencilla. Cada día podemos constatar lo fácil que es duplicar, en los entornos digitales, archivos sonoros, visuales, escritos o multimedia: muchas veces es suficiente con hacer un simple clic con el ratón para obtener un doble idéntico, bit a bit, de un documento cualquiera. Por este motivo, la red está repleta de ejemplares exactamente iguales entre sí de cualquier cosa que sea susceptible de ser documentada.

Además, las tecnologías digitales no solo posibilitan que cualquier archivo pueda ser reproducido una infinidad de veces, sino que también permiten que cualquier persona conectada a la red pueda acceder a alguna de sus copias. Reproducciones de fotografías, grabados, libros y manuscritos que antes permanecían ocultas en un archivo o colección, ahora circulan por la red y se encuentran a disposición de cualquier persona que pueda acceder a ella. La sociedad hiperconectada se caracteriza por una economía de la abundancia que pone al alcance de nuestra mano (las simulaciones de) todo lo que podamos desear o necesitar.

Afirmar que algo es raro en virtud de su escasez ha dejado de tener sentido en Internet. En la medida en que cualquiera de los documentos alojados en las redes de comunicación, susceptible de ser reproducido un número virtualmente infinito de veces, permanece siempre a nuestro alcance, la tendencia a asociar la rareza con la pequeña cuantía solo puede ser entendida como una reminiscencia del mundo de los átomos.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos, ¿qué cosas merecen recibir el calificativo de raras en el universo digital? Maria Popova intenta responder a esta pregunta en un interesante artículo sobre la retórica de la rareza en las redes de comunicación publicado recientemente. Para la curadora y editora de Brain Pickings, lo raro en la era de la información ya no es lo escaso ni lo inaccesible sino lo que permanece oculto de nosotros debido, simplemente, a que no reparamos en su existencia. En una época caracterizada por la abundancia y la disponibilidad de la información, el problema no radica en nuestra incapacidad de acceder a un documento concreto, sino fundamentalmente en la imposibilidad de saber que este se encuentra efectivamente alojado en algún rincón de Internet. Algo es raro no porque carezcamos de los medios para llegar a él –pues presuponemos que todos los contenidos de la telaraña están enlazados–, sino porque nuestra ignorancia nos impide saber siquiera que existe.

De esta manera, lo raro en el mundo digital es lo que se sitúa en los márgenes de las redes de comunicación. Es lo que se encuentra en las solitarias calles periféricas de Internet, lejos de las grandes avenidas de Google y de las concurridas plazas públicas de Twitter y Facebook. La rareza mora en las colas de resultados de los buscadores, que prácticamente nadie consulta; en los rincones ocultos de las redes sociales, a los que casi ningún usuario llega, y en las temáticas alejadas de la opinión general, que muy pocas personas suelen comentar. Está ahí, pero son pocos los que perciben su presencia.

Si algo es raro en Internet, muy difícil será que escape de su condición. Esto es así, porque, con el paso del tiempo, Internet ha ido adoptando un modo de funcionar que tiende a potenciar el consenso y penalizar la rareza. Es bien sabido, por ejemplo, que uno de los criterios utilizados por las arañas de los buscadores para indizar las páginas en la web es la popularidad. Si un sitio recibe numerosas visitas y es enlazado por muchas páginas externas, tiene bastantes números para aparecer en los primeros lugares de los resultados de búsqueda, lo que, a su vez, provoca que más usuarios accedan a él. Al final, esto crea un efecto de realimentación constante: cuando un sitio gana visibilidad, recibe más visitas y, como consecuencia de ello, más usuarios optan por añadir enlaces desde sus páginas web hacia él. Con esto, termina por afianzarse en las posiciones más privilegiadas de Google o Bing, de donde difícilmente podrá ser expulsado.

José Antonio Millán ha hecho notar que Google, en su afán de optimizar los resultados de búsqueda en función de la persona que los realiza, ha provocado que sus motores de búsqueda tiendan a descartar los resultados que consideran aberrantes o anómalos. La consecuencia de ello es que los usuarios se encuentran con que, en muchos casos, no pueden localizar páginas referenciadas con términos inusuales o poco frecuentes porque los buscadores interpretan sus peticiones como errores. Este hecho se convierte en una verdadera barrera para la visibilidad de determinados contenidos, pues los buscadores son el único recurso con el que muchas personas cuentan para acceder a ellos.

Aunque la red se ha revelado como un excelente instrumento para fomentar lo diverso, algunos indicios nos permiten detectar que la cierta uniformidad comienza a apoderarse de ella. En su afán por amoldarse a las expectativas y los gustos de la mayoría, Internet comienza a obstaculizar el acceso a todo aquello que se sale de la norma. Lo distinto, lo inusual, lo desacostumbrado siguen estando presentes en las redes digitales, pero, eclipsados por el gusto convencional, resultan cada vez más difíciles de detectar.

Es necesario preservar la diversidad que ha caracterizado a Internet desde que comenzó a popularizarse en la década de 1990. Hay que evitar que la homogeneidad y el conformismo se apoderen de ella. El objetivo no es, obviamente, realizar una cruzada contra el gusto mayoritario, sino permitir que lo distinto también pueda aflorar en el universo de la redes. Hay que crear mecanismos para evitar que los archivos y los documentos dirigidos a usuarios minoritarios languidezcan semiocultos o perdidos. Se trata de diseñar estrategias para conseguir que las distintas manifestaciones de la diversidad alojadas en Internet salgan a la luz y dejen de ser una rareza.

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El poder de la realidad virtual

La realidad virtual acrecentará el poder del arte para transformar la realidad. El marco de la pintura, el proscenio, la pantalla cinematográfica ponen límites al arte al acotarlo como un fragmento de la realidad. La realidad virtual, con su realidad aumentada, permite una transición más suave, más controlada, desde lo virtual a lo real y viceversa. Esta capacidad, posible motivo de inquietud para los psicólogos, ofrecerá a los artistas un poder sin precedentes para transformar la sociedad.

Michael Heim, The Metaphysics of Virtual Reality, 1993.

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Ciudad de datos

Vista aérea de LeFrak City, Nueva York, con etiquetas de realidad aumentada. Fotografía de Zachary Korb.

Vista aérea de LeFrak City, Nueva York. Fotografía de Zachary Korb.

En tiempos recientes, una densa capa de información se ha ido posando de forma casi imperceptible sobre nuestras ciudades. Sin que seamos demasiado conscientes de ello, ricas nubes de datos se han ido acumulando sobre los más distintos sitios añadiendo conocimiento acerca de ellos y otorgándoles nuevos significados. La posibilidad de vincular datos –visuales, sonoros, textuales– a coordenadas geográficas concretas mediante los modernos sistemas de georreferenciación ha dado pie a que un sinnúmero de instituciones, empresas e individuos se hayan lanzado a generar información relacionada con casi cualquier espacio urbano del planeta.

El vertiginoso crecimiento de esta capa de información ha hecho posible que toda persona en posesión de un dispositivo móvil equipado con un sistema de geoposicionamiento –como un teléfono inteligente o una tableta digital– pueda interactuar a tiempo real con una gran diversidad de fuentes de datos vinculadas al punto exacto en el que aquel se ubica. En la actualidad, el paseante perdido en las calles de casi cualquier urbe del mundo puede utilizar su teléfono móvil para acceder a los datos más diversos del lugar que transita: desde mapas que le permiten orientarse por la ciudad hasta descripciones detalladas de los servicios turísticos situados en las proximidades, pasando por el análisis de los monumentos históricos más destacados de la zona, las señales de alerta enviadas por las víctimas de delitos en el barrio o los mensajes de los tuiteros que deambulan por los alrededores, entre muchas otras cosas.

Incluso, si su teléfono cuenta con una aplicación de realidad aumentada, el paseante podrá enfocarlo hacia algún punto significativo del lugar en el que se encuentra y observar a través de la pantalla cómo un enjambre de etiquetas con datos contextuales se superponen sobre las imágenes del punto de su interés. De esta forma, observará una realidad mixta, en la que una fina película de información digital se sobreimprimirá sobre distintos aspectos del mundo físico.

Los datos georreferenciados se están convirtiendo en una rica y valiosa fuente de conocimiento, accesible in situ, sobre los lugares por los que transitan individuos y multitudes. Y lo serán aún más en el futuro, si la utilización de dispositivos móviles inteligentes continúa con su crecimiento vertiginoso. Por esta razón, la información georreferenciada cada vez tendrá una mayor importancia en las disputas para definir el significado del espacio urbano. Ella será un elemento clave en las luchas de los distintos grupos sociales para imponer sus propias visiones sobre la historia, la identidad y el sentido de las ciudades.

Desde que las urbes existen, los grupos que las habitan se han valido de estrategias para hacer prevalecer sus ideas acerca del espacio metropolitano. Así, la arquitectura, los monumentos públicos e, incluso, la nomenclatura de la calles han sido instrumentos eficaces, utilizados generalmente por los poderosos, para imponer una identidad determinada a la ciudad. En oposición a ellos, individuos y colectivos ciudadanos han utilizado diversos recursos –entre los que se incluyen los pasquines, las pintadas o las arquitecturas informales– destinados a resignificar y recuperar para sí la calle. De esta forma, el espacio urbano aparece como un lugar heterogéneo, en el que los distintos grupos sociales expresan visiones discordantes sobre la ciudad.

Sin embargo, a partir de ahora, los conflictos no se escenificarán tan solo en el espacio real de la calle y la plaza pública, sino que tendrán lugar también en el espacio virtual de Internet. Los datos georreferenciados adquirirán una gran importancia como instrumento para difundir visiones sobre las ciudades, por lo que es de prever que se conviertan en un territorio de combate en el futuro. Tal como sucede en la calle, la capa de información georreferenciada se convertirá en un vivo ejemplo de las pugnas para dotar de significado al espacio ciudadano.


En su proyecto Désordres publics, realizado en 2010, el colectivo francés Raspouteam fijó mosaicos con códigos QR en diversos puntos de París que resultan significativos por haber sido escenario de episodios de conflicto social. De esta forma, cualquier persona con una aplicación para leer los citados códigos, puede acceder a información acerca de los distintos sucesos en el lugar exacto en el que tuvieron lugar. Las fichas informativas, también referenciadas en Google Maps, rememoran hechos como el levantamiento de la Comuna de París o el Mayo del 68, que revelan las fisuras sufridas por la sociedad parisiense a lo largo de la historia. De esta forma, el proyecto de Raspouteam busca reescribir la historia de la capital francesa, alejándola de los discursos que pretenden representar París como una metrópoli caracterizada por la homogeneidad y la cohesión social.

Désordres publics es un ejemplo temprano de los contradiscursos que buscan rebatir las imágenes estereotipadas acerca de la ciudad presentes en gran parte de los documentos y aplicaciones para dispositivos móviles inteligentes. Este proyecto nos permite vislumbrar las estrategias que seguirán muchos colectivos para ofrecer visiones alternativas sobre la realidad metropolitana mediante la información georreferenciada. También nos permite concluir que la lucha por obtener el monopolio sobre el significado de la ciudad no tendrá lugar únicamente en calles y plazas sino que se desplazará también a la fina capa de información que las envuelve.

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Internet, un bien común de innovación

Internet es el ejemplo de bien público artificial con mejores resultados en los últimos tiempos. Los microprocesadores y las telecomunicaciones son solo la parte física de la fórmula que explica el éxito de Internet; en su arquitectura básica se incluyen tambien contratos sociales cooperativos. Internet no es solo el resultado final, sino la infraestructura que posibilita nuevos modos de organizar la acción colectiva a través de las tecnologías de la comunicación.

(Howard Rheingold, Multitudes inteligentes: la próxima revolución social, 2002)

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Hacia el texto dinámico

Detalle de una imprenta antigua. Fotografía de -Kj.

Imprenta. Fotografía de -Kj.

La imprenta nos ha acostumbrado a aproximarnos a los textos escritos como si fueran fruto de un pensamiento concluso, ajeno a los cambios a lo largo del tiempo. Impulsados, quizá, por la materialidad del libro, que una vez publicado no admite modificaciones, tendemos a interpretar los textos impresos como el resultado de un proceso destinado a plasmar las ideas definitivas de un autor. Cuando leemos un libro, una revista o, incluso, un periódico en papel, siempre tenemos la sensación de enfrentarnos a un texto permanente y estable, a salvo de alteraciones. Después de todo, el texto impreso es el resultado de un proceso largo y a menudo trabajoso –que incluye notas, borradores y sucesivas correcciones de pruebas y galeradas– cuyo objetivo es obtener un obra acabada, con pretensiones de perdurabilidad. Por esta razón, pensamos que el texto estampado sobre el papel es el que mejor expresa –o mejor dicho, el que mejor fija– el pensamiento de un escritor. Por una curiosa operación metonímica, entendemos que la letra impresa reproduce con fidelidad las ideas (inamovibles) de su autor.

Es cierto que el texto impreso admite interpretaciones, pero estas siempre se realizan a partir de un material fijo e inmutable, cuya literalidad está fuera de discusión. Durante siglos, el texto concluso y, por tanto, siempre igual a sí mismo, ha sido considerado el punto de partida del análisis y la discusión. No por nada, la obsesión recurrente de todo intérprete o exegeta ha sido establecer el texto auténtico del autor cuya obra pretende interpretar. Con su búsqueda meticulosa de la edición definitiva –la que se ajusta a las “verdaderas” intenciones del escritor–, el exegeta no hace más que expresar su convencimiento de que la letra impresa es una fiel extensión del pensamiento.

Sin embargo, Joseph Esposito ha puesto de relieve la popularización de un nuevo tipo de texto, surgido al abrigo de Internet, que se distingue por su naturaleza esencialmente dinámica. Frente a la palabra impresa, que aspira a la permanencia, el texto dinámico tiende a la mutabilidad, a la ausencia de límites y a mostrarse siempre inacabado. Su soporte ya no es el papel, sino los dispositivos digitales, hecho que le otorga una ductilidad extrema y le hace susceptible de experimentar un número virtualmente infinito de cambios.

Los entradas de la Wikipedia representan seguramente uno de los mejores ejemplos de textos dinámicos. Aunque preservan todavía el aura de autoridad del texto publicado, ellas muestran un carácter metamórfico que le es completamente ajeno al libro impreso. Los artículos de la Wikipedia, en permanente estado de revisión, van cambiando a medida que los innumerables redactores y editores que colaboran en el proyecto introducen enmiendas y actualizaciones. En la enciclopedia en línea no existe un texto final, sino una escritura fluida que se va reconstruyendo de forma continua. A diferencia del libro tradicional, la Wikipedia no busca fijar un texto definitivo; intenta, por el contrario, ofrecer un discurso consciente de su propia condicionalidad. Por eso, presenta ese aspecto inconcluso que resulta tan chocante para muchos lectores.

Quizá el aspecto más relevante de la Wikipedia sea su carácter dialógico. A diferencia de gran parte de los textos impresos, que suelen ser el resultado de una sola voz, los artículos de este proyecto son fruto del debate, a veces muy acalorado, de una multiplicidad de colaboradores. Si los lemas de la enciclopedia en línea ofrecen un carácter provisional, eso se debe precisamente a la gran diversidad de voces que confluyen en ellos. En el fondo, la Wikipedia es una gran conversación, en la que participan decenas de miles de personas. Por esta razón, resulta casi más interesante leer los foros de debate en que se discuten las entradas de la enciclopedia que las entradas mismas.

La imprenta alumbró una época marcada por el predominio de textos con voluntad de permanencia, que, por regla general, buscaban fijar las ideas de autores individuales. Resultado de un trabajoso proceso de confección, estos escritos eran la expresión de un pensamiento acabado y cerrado sobre sí mismo, que alcanzó en la novela y el ensayo sus ejemplos más significativos.

Es probable que esta época haya llegado a su fin. Internet ha inaugurado una nueva era que se distingue por la generalización de una forma de escritura fluctuante, metamórfica y abierta, producto no ya del esfuerzo de un autor ensimismado sino de la intervención de un sinnúmero de actores conectados en red. El resultado de esta manera novedosa de escribir son unos textos fluidos y dinámicos que alcanzan su expresión más genuina en proyectos colaborativos como la Wikipedia.

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