Lo raro en Internet

Gasolinera abandonada. Fotografía de moominsean.

Gasolinera abandonada. Fotografía de moominsean.

Existe en Internet un curioso sitio dedicado a lo raro. Yo me suelo pasear por él cuando, cansado de mis obsesiones personales y mis preocupaciones cotidianas, voy en busca de alguna temática o motivo inusual que logre sacarme de la monotonía. Pero, cuando estoy en el sitio, no deja de llamarme la atención que su anónimo autor –quien se ha propuesto, en sus propias palabras, “explorar la rareza de la vida en sus diversos aspectos”– nunca se haya detenido a analizar el sentido de lo raro en Internet. Por tanto, mientras él se decide a hacerlo, intentaré ofrecer una aproximación a la rareza en las redes digitales de comunicación.

El Diccionario de la Real Academia Española nos dice que lo “raro”, en una de sus acepciones, es lo “extraordinario, poco común o frecuente”. La misma obra nos indica que este término también se utiliza para referirse a lo “escaso en su clase o especie”. Por tanto, si hacemos caso al diccionario académico, el adjetivo “raro” sirve para aludir a todo aquello que se distingue por su carácter excepcional o su número limitado. Decimos que una cosa es rara cuando reconocemos en ella la cualidad que le otorga su pequeña cuantía. Lo raro es, pues, todo aquello de lo que solo podemos disponer en poco número. De acuerdo con esta lógica, consideramos que un grabado o un manuscrito determinados son raros porque sabemos que de ellos existen pocos ejemplares. Su rareza radica en la dificultad que tiene la mayoría de los individuos para disponer de ellos en virtud de su carácter excepcional o casi único.

Esto es así en el universo de los átomos, donde reproducir las cosas es a menudo una tarea dificultosa, cuando no imposible. Afirmar, por ejemplo, que los aguafuertes de Rembrandt son raros porque existen pocos ejemplares de ellos tiene su lógica en nuestro mundo físico, en la medida en que en él resulta imposible duplicarlos con absoluta fidelidad. Por más que se ajuste al original, la reproducción contemporánea de un grabado del artista holandés jamás podrá escapar a la condición de mero sucedáneo, cuyas pretensiones de originalidad no resistirían un análisis químico. Por tanto, aunque los aguafuertes del autor de la Ronda de noche cuenten con muchas –y muy buenas– imitaciones, jamás dejarán de ser una rareza en el mundo de los átomos.

La situación es bien distinta en el universo virtual de las redes de comunicación, donde reproducir objetos y fenómenos –o, mejor dicho, simulaciones de objetos y fenómenos– es una tarea generalmente económica y sencilla. Cada día podemos constatar lo fácil que es duplicar, en los entornos digitales, archivos sonoros, visuales, escritos o multimedia: muchas veces es suficiente con hacer un simple clic con el ratón para obtener un doble idéntico, bit a bit, de un documento cualquiera. Por este motivo, la red está repleta de ejemplares exactamente iguales entre sí de cualquier cosa que sea susceptible de ser documentada.

Además, las tecnologías digitales no solo posibilitan que cualquier archivo pueda ser reproducido una infinidad de veces, sino que también permiten que cualquier persona conectada a la red pueda acceder a alguna de sus copias. Reproducciones de fotografías, grabados, libros y manuscritos que antes permanecían ocultas en un archivo o colección, ahora circulan por la red y se encuentran a disposición de cualquier persona que pueda acceder a ella. La sociedad hiperconectada se caracteriza por una economía de la abundancia que pone al alcance de nuestra mano (las simulaciones de) todo lo que podamos desear o necesitar.

Afirmar que algo es raro en virtud de su escasez ha dejado de tener sentido en Internet. En la medida en que cualquiera de los documentos alojados en las redes de comunicación, susceptible de ser reproducido un número virtualmente infinito de veces, permanece siempre a nuestro alcance, la tendencia a asociar la rareza con la pequeña cuantía solo puede ser entendida como una reminiscencia del mundo de los átomos.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos, ¿qué cosas merecen recibir el calificativo de raras en el universo digital? Maria Popova intenta responder a esta pregunta en un interesante artículo sobre la retórica de la rareza en las redes de comunicación publicado recientemente. Para la curadora y editora de Brain Pickings, lo raro en la era de la información ya no es lo escaso ni lo inaccesible sino lo que permanece oculto de nosotros debido, simplemente, a que no reparamos en su existencia. En una época caracterizada por la abundancia y la disponibilidad de la información, el problema no radica en nuestra incapacidad de acceder a un documento concreto, sino fundamentalmente en la imposibilidad de saber que este se encuentra efectivamente alojado en algún rincón de Internet. Algo es raro no porque carezcamos de los medios para llegar a él –pues presuponemos que todos los contenidos de la telaraña están enlazados–, sino porque nuestra ignorancia nos impide saber siquiera que existe.

De esta manera, lo raro en el mundo digital es lo que se sitúa en los márgenes de las redes de comunicación. Es lo que se encuentra en las solitarias calles periféricas de Internet, lejos de las grandes avenidas de Google y de las concurridas plazas públicas de Twitter y Facebook. La rareza mora en las colas de resultados de los buscadores, que prácticamente nadie consulta; en los rincones ocultos de las redes sociales, a los que casi ningún usuario llega, y en las temáticas alejadas de la opinión general, que muy pocas personas suelen comentar. Está ahí, pero son pocos los que perciben su presencia.

Si algo es raro en Internet, muy difícil será que escape de su condición. Esto es así, porque, con el paso del tiempo, Internet ha ido adoptando un modo de funcionar que tiende a potenciar el consenso y penalizar la rareza. Es bien sabido, por ejemplo, que uno de los criterios utilizados por las arañas de los buscadores para indizar las páginas en la web es la popularidad. Si un sitio recibe numerosas visitas y es enlazado por muchas páginas externas, tiene bastantes números para aparecer en los primeros lugares de los resultados de búsqueda, lo que, a su vez, provoca que más usuarios accedan a él. Al final, esto crea un efecto de realimentación constante: cuando un sitio gana visibilidad, recibe más visitas y, como consecuencia de ello, más usuarios optan por añadir enlaces desde sus páginas web hacia él. Con esto, termina por afianzarse en las posiciones más privilegiadas de Google o Bing, de donde difícilmente podrá ser expulsado.

José Antonio Millán ha hecho notar que Google, en su afán de optimizar los resultados de búsqueda en función de la persona que los realiza, ha provocado que sus motores de búsqueda tiendan a descartar los resultados que consideran aberrantes o anómalos. La consecuencia de ello es que los usuarios se encuentran con que, en muchos casos, no pueden localizar páginas referenciadas con términos inusuales o poco frecuentes porque los buscadores interpretan sus peticiones como errores. Este hecho se convierte en una verdadera barrera para la visibilidad de determinados contenidos, pues los buscadores son el único recurso con el que muchas personas cuentan para acceder a ellos.

Aunque la red se ha revelado como un excelente instrumento para fomentar lo diverso, algunos indicios nos permiten detectar que la cierta uniformidad comienza a apoderarse de ella. En su afán por amoldarse a las expectativas y los gustos de la mayoría, Internet comienza a obstaculizar el acceso a todo aquello que se sale de la norma. Lo distinto, lo inusual, lo desacostumbrado siguen estando presentes en las redes digitales, pero, eclipsados por el gusto convencional, resultan cada vez más difíciles de detectar.

Es necesario preservar la diversidad que ha caracterizado a Internet desde que comenzó a popularizarse en la década de 1990. Hay que evitar que la homogeneidad y el conformismo se apoderen de ella. El objetivo no es, obviamente, realizar una cruzada contra el gusto mayoritario, sino permitir que lo distinto también pueda aflorar en el universo de la redes. Hay que crear mecanismos para evitar que los archivos y los documentos dirigidos a usuarios minoritarios languidezcan semiocultos o perdidos. Se trata de diseñar estrategias para conseguir que las distintas manifestaciones de la diversidad alojadas en Internet salgan a la luz y dejen de ser una rareza.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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