Notas sobre Twitter (I): los zombis

Hace cosa de un mes circulaba por Twitter una adivinanza que decía algo así como “¿En qué se parecen los muertos a los tuiteros?”. El mismo micromensaje ofrecía la respuesta a continuación: “en que no tienen vida”. Muy pronto, @abrockmexico, un amigo mío de la adolescencia, se encargó de difundir, en otro tweet, una versión más ingeniosa de la solución al enigma: “[Se parecen] más a los zombis: no tienen vida pero se mueven.” El breve mensaje –de entrada, uno más entre los miles de tweets que se apilan en la pantalla de mi móvil cada día y en los que apenas puedo reparar– consiguió llamar mi atención. En cierta manera, mi amigo había logrado describir con precisión el carácter que adquiere la existencia individual en la red social de los micromensajes, un lugar poblado por individuos aparentemente insuflados de vida, pero cuyo comportamiento tiende a ser más bien maquinal.

Es posible que gran parte del éxito de Twitter radique más en lo que impide hacer que en lo que efectivamente permite realizar. El minúsculo espacio que la aplicación pone a nuestra disposición cada vez que queremos escribir un mensaje es, ante todo, un elemento disuasorio concebido para evitar que malgastemos el tiempo intentando redactar de una manera esforzada. Twitter no es un lugar para escribir; es un sitio para abandonar la escritura. El pequeño recuadro alargado cuyo encabezado nos compele a contar “qué está pasando”, en el fondo, nos libera de la responsabilidad de decir algo de verdad. Después de todo, 140 caracteres no dan para gran cosa: sirven para lanzar un grito, para difundir una consigna, para dejar escapar un balbuceo o, en el mejor de los casos, para hacer pública una ocurrencia.

Precisamente, el atractivo de esta red social deriva del hecho de que no permite hacer casi nada. Y, por esta razón, sus virtudes se expresan en un sentido negativo: Twitter no admite ideas elaboradas, no permite hilar discursos complejos ni ofrece espacio para los sentimientos profundos. Todos estos corsés representan una gran ventaja en la sociedad hiperconectada, donde se hace cada vez más evidente la falta de interés y de habilidades para expresar pensamientos y emociones de una manera refinada. Twitter aparece como una herramienta de gran utilidad en una cultura como la nuestra, dominada por la superficialidad. Tal como afirma Zygmunt Bauman en una de sus 44 cartas desde el mundo líquido:

Por cortesía de la administración de Twitter, la notoria reticencia y la bochornosa torpeza para comunicar los motivos y objetivos de nuestros actos, o los sentimientos que los acompañan, dejan de ser un impedimento y ascienden a la categoría de virtud. Lo que se nos dice y se nos da a entender –a nosotros y a otras personas como nosotros– es que lo único que importa es saber y comunicar lo que hacemos en este momento o en cualquier otro; lo que importa es “estar a la vista”.

En última instancia, Twitter dista de ser un lugar adecuado para establecer una comunicación efectiva. Su verdadera utilidad radica en su capacidad para permitirnos afirmar nuestra existencia frente a los demás. Los micromensajes que enviamos constantemente no tienen otro objetivo que recordarle al resto de la gente “que seguimos ahí”. Son un certificado de nuestra presencia en el mundo. En este sentido, se asemejan a los graffiti callejeros, cuyos intrincados trazos son más una huella destinada a indicarnos la presencia de un autor que una creación con una verdadera voluntad expresiva.

Nos entretenemos tuiteando porque queremos demostrar que seguimos vivos. Sin embargo, los mensajitos que se van sucediendo en la pantalla de nuestro terminal no logran ocultar que vivimos de una manera precaria, imposibilitados como estamos para intercambiar ideas o pensamientos profundos. Nuestros tweets ponen de manifiesto que solo existimos superficialmente, incapaces de superar la inercia de nuestros actos y ofrecer signos de una verdadera humanidad. Como los zombis mismos.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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