El modo de producción de la multitud

El modo de producción de la multitud recupera la riqueza de manos del capital y también construye una nueva riqueza, articulada con los poderes de la ciencia y el conocimiento social a través de la cooperación.

(Michael Hardt y Antonio NegriImperio, 2000).

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Crítica social

Multitud en Courtenay Place, Wellington, cerca de 1939, fotografiada por Sydney Charles Smith. S C Smith Collection, referencia número: 1/2-048351-G Alexander Turnbull Library, Wellington, Nueva Zelanda.

Multitud en Courtenay Place, Wellington, Nueva Zelanda, cerca de 1939. Fotografía de Sydney Charles Smith, S. C. Smith Collection, Alexander Turnbull Library, Wellington.

Hace ya bastantes años que la figura del Crítico (con mayúsculas) está en decadencia. Pero no siempre fue así. Hubo una época en que su labor como mediador entre los creadores y el público fue de suma importancia: desde el surgimiento del romanticismo, a finales del siglo XVIII, hasta el ocaso de las neovanguardias, en el tercer cuarto del siglo XX, desempeñó un papel fundamental para hacer comprensibles las zonas oscuras que los creadores dejaban en sus obras y para adiestrar al público sobre lo que debía comprender. En sus momentos estelares, llegó a prescribir a los artistas los métodos para realizar sus obras, tal como hicieron André Breton con los surrealistas y Clement Greenberg con los expresionistas abstractos. Su labor fue clarificadora y, a veces, doctrinal.

La estrella del Crítico comenzó a apagarse en las últimas décadas del siglo pasado, cuando la diversidad y el pluralismo en los que se sumergió la creación artística le dejaron sin razón de ser. A partir de entonces, una legión de directores de museo, periodistas, publicistas, curadores y expertos en mercadotecnia –personas probablemente menos dotadas para la reflexión, pero con mayores habilidades para generar consenso sobre el valor de las obras de arte– fue desplazándole al rincón de la irrelevancia.

La generalización de Internet ha terminado por darle la puntilla. Las nuevas tecnologías de la información han puesto los medios de producción del conocimiento a disposición de la multitud, lo que, en la práctica, implica que cualquier persona conectada a la red puede ejercer la crítica si así lo desea. Y, efectivamente, es lo que está sucediendo: Internet se ha poblado de una infinidad de usuarios que asumen el papel de críticos escribiendo sobre arte en sus blogs o en foros de discusión, recomendando las obras que les gustan en Twitter o Google +, o haciendo clic sobre los botones de marcadores sociales como Digg, Menéame o +1. De esta manera, las tecnologías han terminado por sustraerle al Crítico el único privilegio que conservaba: la posibilidad de contar con una tribuna de expresión exclusiva (generalmente un periódico o una revista especializada) que le permitiera gozar de un estatus superior al del resto de la gente interesada por el arte. Internet ha acabado con las jerarquías y, como consecuencia de ello, ha provocado que el Crítico sea indistinguible de cualquier otra persona que opina sobre la creación.

Ahora bien, esto no es necesariamente una mala noticia. La muerte del Crítico no supone necesariamente el fin de la labor crítica. Todo lo contrario. La apropiación de las tecnologías de comunicación por parte de la multitud puede significar el resurgimiento del debate sobre el arte y, por ende, el resurgimiento de la crítica.

Durante años, el arte ha vivido sometido a las reglas del consenso impuestas por los museos, la prensa y las grandes bienales internacionales. Llevamos bastante tiempo viendo cómo las instituciones deciden “desde arriba” los límites entre lo bueno y lo malo en el arte, y constatando cómo las creaciones que se apartan de sus patrones son ninguneadas.

Sin embargo, el consenso institucional parece enfrentarse a unos adversarios inesperados: los grupos de ciudadanos digitales que realizan una labor crítica “desde abajo” al intercambiar sus opiniones mediante redes horizontales y descentralizadas. Estos grupos carecen del poder institucional de los museos y los medios de comunicación, pero compensan esta debilidad con la capacidad de articular las opiniones de grandes redes de personas: mientras que la opinión individual de cada uno los miembros de una red jamás podrá representar un desafío para el consenso de las instituciones tradicionales, los juicios elaborados por la multitud en sus conjunto pueden convertirse en una verdadera fuerza disruptiva. La fortaleza de estos grupos de críticos ya comienza a hacerse evidente en las redes sociales y en los entornos colaborativos, donde empiezan difundir sus gustos y a hacer valer sus opiniones.

Las tecnologías digitales están alumbrando un nuevo tipo de crítica que, lejos de encontrar su legitimidad en la autoridad del Crítico individual, se sustenta en la fortaleza de una multiplicidad de voces que actúan conjuntamente. Es una forma novedosa de valorar las creaciones –a la que podemos otorgar el nombre de “crítica social”, por ser el resultado de la interacción de grandes grupos de personas– que cada vez tendrá una mayor influencia en los debates sobre el arte. Habrá que seguir con atención su evolución, pues todo parece indicar que modificará profundamente los mecanismos para enjuiciar las creaciones artísticas y transformará de manera radical las relaciones de poder en el sistema del arte. Es muy probable que la irrupción de la crítica social otorgue un mayor protagonismo a las multitudes, en detrimento de los museos, centros de arte y medios de comunicación tradicionales. De ser así, será un triunfo de la gente sobre las instituciones.

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Punto de partida

Carretera en el valle de la Muerte, California. Fotografía de Chemophilic.

Valle de la Muerte, California. Fotografía de Kit Ng.

Tras pasar una larga temporada casi sin escribir para revistas y catálogos de arte –solo lo he hecho de forma muy esporádica por petición expresa de algún buen amigo–, he decidido embarcarme en la trabajosa tarea de mantener un blog con textos personales.

Durante todo el tiempo que he permanecido sin publicar, he ido acumulando una serie de notas y apuntes con reflexiones sobre el impacto de las nuevas tecnologías en distintos ámbitos de nuestra sociedad. Muchos de estos textos están dedicados a cuestiones relacionadas con el arte, el tema que mejor domino y que sigue centrando parte de mis intereses. Otros, en cambio, tratan acerca de la influencia de los cambios tecnológicos en aspectos tan variados de nuestra cultura como pueden ser la edición, el consumo, el urbanismo, la educación y las relaciones sociales, entre otros.

Al principio, pensé que podría sistematizar todas mis notas en un libro. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que carecía del tiempo y el ánimo para hacerlo. Además, después de reflexionar un poco, llegué a la conclusión de que el carácter algo fragmentario y asistemático de mis apuntes se ajustaba más a la estructura dinámica de un blog que al formato estático del libro tradicional. De esta manera, fue cuajando la idea de que En las redes de la red debería cobrar la forma de un cuaderno de notas virtual a disposición de cualquier persona conectada a la web.

Soy bien consciente de que los escritos que iré publicando a partir del próximo 13 de septiembre difícilmente pueden considerarse acabados. Son, en realidad, un material de trabajo para ser compartido, comentado, debatido y criticado. Para mí, no representan un destino sino, más bien, un punto de partida. Son el inicio de un camino que ojalá pueda recorrer acompañado por vosotros.

Las entradas de En las redes de la red comenzarán a publicarse a partir del 13 de septiembre de 2011.

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