¿De verdad queremos una Internet cerrada?

En su apasionante The Future of the Internet and How to Stop It, Jonathan Zittrain intenta explicar las razones del éxito de la cultura digital a finales del siglo XX y principios del XXI. Para el autor estadounidense, la gran explosión de creatividad vivida en los medios tecnológicos durante esta época tuvo sus raíces en el carácter abierto de los ordenadores personales y de Internet.

De acuerdo con Zittrain, el éxito de la informática se debió fundamentalmente a la manera como estaban concebidos los sistemas operativos de los ordenadores, diseñados expresamente para admitir la adición de código y programas externos. Por regla general, los usuarios compraban unos equipos dotados de un software básico que eventualmente se iba enriqueciendo con nuevos programas, no necesariamente desarrollados por los autores del sistema operativo. De entrada, cualquier persona podía escribir software compatible con Windows –e, incluso, con los sistemas operativos de Mac–, lo que propició la aparición de un sinnúmero de aplicaciones para procesar textos, retocar imágenes y editar libros, entre muchas otras cosas. La posibilidad de escribir código para unos dispositivos de arquitectura abierta –y, en cierto sentido, siempre inacabada– espoleó la creatividad de una multitud de programadores, que dieron forma a un mosaico heterogéneo de soluciones informáticas.

Este proceso se vio intensificado por la generalización de Internet y la aparición de entornos abiertos como la web, que facilitaban los procesos de desarrollo y distribución de código. Así pues, los ordenadores personales e Internet hicieron posible la consolidación de una red generativa –para usar la terminología del propio Zittrain–, cuya accesibilidad, apertura, ductibilidad y facilidad de uso hicieron posible el fabuloso desarrollo de las tecnologías digitales.

Pero no solo eso: la informática e Internet crearon un entorno en el que la tecnología se ponía al servicio de la creación y distribución de conocimiento. Las redes digitales se convirtieron en un espacio ideal para el flujo de información, donde tenían cabida tanto los contenidos más rigurosos como los materiales más banales. Internet devino una plataforma privilegiada para acceder a todo tipo de saber: desde textos académicos hasta la prensa rosa pasando por información política y económica, blogs personales, entradas enciclopédicas y creaciones artísticas, entre muchas otras cosas.

Sin embargo, también hemos podido comprobar que las características que han convertido a Internet en un entorno de innovación son, asimismo, fuente de peligros: debido a su apertura y accesibilidad, las redes digitales están inevitablemente expuestas a los virus, los spams y los delincuentes cibernéticos. Por otro lado, la libertad que tradicionalmente ha caracterizado a Internet también ha sido motivo de recelo y preocupación para numerosos Estados, deseosos de mantener un control estricto sobre las actividades digitales de sus ciudadanos, y para no pocas compañías, incapaces de conciliar la relativa anarquía de la red con sus modelos empresariales.

Por este motivo, no resulta extraño que diversos gobiernos y empresas estén tomando medidas para vallar Internet e imponer restricciones a los flujos de información en las redes de comunicación. Las maneras de hacerlo han sido variadas, pero quizá una de las más significativas ha sido la creación del ecosistema informático del iPhone de Apple, en el mercado desde 2007.

A diferencia de los ordenadores personales, el iPhone de Apple es un dispositivo que pone numerosos obstáculos a la incorporación de código escrito por terceros. De hecho, la única vía con que cuentan los usuarios para incorporar software ajeno a la compañía estadounidense es la iPhone App Store. Huelga decir que Apple ejerce un estricto control sobre las aplicaciones vendidas en su tienda: la compañía de la manzana filtra a los programadores que desarrollan software para el iPhone, define los estándares de trabajo y se reserva el derecho de impedir la venta de las aplicaciones que considera inconvenientes. Se trata de una política restrictiva situada en los antípodas de las prácticas de las culturas digitales que florecieron alrededor de los ordenadores personales.

Mucha gente se felicitó por modelo de la iPhone App Store. Esto no debe resultar extraño. Después de todo, el entorno cerrado de Apple ofrecía una mayor seguridad a los usuarios frente a la amenaza de los virus y los ciberdelincuentes. Además, abría nuevas posibilidades de negocio para un sector empresarial que desconfiaba de la apertura –y, por ende, de la imprevisibilidad– de la web. La iPhone App Store sentaba las bases de una Internet privativa y cerrada, no sometida a los vaivenes de las plataformas abiertas. El entusiasmo por este nuevo modelo de entorno digital quedó plasmado con toda su crudeza en “The Web Is Dead. Long Live the Internet”, un artículo de Chris Anderson que aún sigue siendo objeto de debate.

El modelo de Apple ha hecho fortuna y ha sido imitado en otras plataformas –como Google Play Store–, aunque, en general, sin alcanzar las restricciones de la iPhone App Store. Ahora bien, no han faltado las voces que han denunciado el peligro derivado de la tendencia a levantar muros en Internet. Algunas son tan reputadas como la de Tim Berners-Lee, quien ha advertido que las estrategias emprendidas por Apple suponen, en la práctica, una fragmentación de la web y, como consecuencia de ello, una merma en su capacidad para garantizar la difusión y el acceso universal al conocimiento.

El propio Jonathan Zittrain reconoce que la consolidación del modelo de distribución de código creado por la iPhone App Store puede poner fin a la época dorada de la creatividad digital, cuyo motor fueron los ordenadores personales y la web. Los nuevos entornos digitales privativos sustraen poder a los desarrolladores, los creadores y los usuarios para otorgárselo a las empresas. Al levantar barreras a la circulación de conocimiento e imponer restricciones a la creatividad, cercenan el potencial generativo de las redes digitales. Durante años, el carácter abierto de Internet se significó como un poderoso motor de innovación. Por este motivo, todas las iniciativas orientadas erosionar la universalidad de Internet deben entenderse como una pérdida.

En tiempos recientes, se han multiplicado las iniciativas que buscan crear islas dentro de la red. Desde las tiendas de aplicaciones para la web –creadas a imagen y semejanza iPhone App Store– hasta las redes sociales cuyos contenidos permanecen inaccesibles a las arañas de los buscadores, asistimos a la consolidación de numerosos entornos cerrados que van ganando espacio en Internet. La aparición de todos estos cotos vallados no solo limita nuestra capacidad de acceder al conocimiento sino que pone en peligro el potencial generativo de las redes digitales de comunicación. Por esta razón, es necesario apostar por una red abierta, capaz de favorecer el libre intercambio y difusión del saber. Si deseamos que las redes digitales de comunicación continúen siendo un espacio de creatividad, libertad e innovación, es fundamental que defendamos su universalidad y su apertura.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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