La ciudad aumentada y el urbanismo hipermedia

Vista de Seúl desde el mirador de la N Seoul Tower, en el parque de Namsan. Fotografía de Yeonsang.

Vista de Seúl desde el mirador de la N Seoul Tower, en el parque de Namsan. Fotografía de Yeonsang.

Desde hace algún tiempo, he estado conversado con Manel Sangenís, uno de los fundadores del estudio Roselló-Sangenís Arquitectes, sobre las consecuencias de la aplicación de las redes digitales en la configuración de la ciudad. En la medida en que Sangenís ha desarrollado gran parte de su trayectoria profesional realizando intervenciones en el espacio público, él ha mostrado gran interés por analizar las posibles aplicaciones de las nuevas tecnologías en la planificación y gestión del paisaje urbano, con la idea de utilizarlas en proyectos futuros.

Precisamente, esta entrada del blog pretende dar cuenta de algunas de las reflexiones que nuestro diálogo ha generado. Se trata de una serie de ideas que, de alguna manera, esbozan una forma emergente de urbanismo, propia de la sociedad hiperconectada.

Ciertamente, las nuevas tecnologías desempeñan un papel cada vez más determinante en evolución y la identidad de las urbes contemporáneas, en la medida en que ofrecen instrumentos eficaces para analizar y redefinir el espacio público. Las redes digitales han hecho posible que los arquitectos y urbanistas cuenten con herramientas poderosas para estudiar detalladamente el territorio metropolitano e intervenir con eficacia sobre el tejido urbano.

En la actualidad, el desarrollo de la informática permite obtener abundante información –a menudo, a tiempo real– de los fenómenos y acontecimientos que tienen lugar en casi cualquier rincón de la ciudad. Las metrópolis se han convertido en una fuente inagotable de datos susceptibles de ser almacenados, segmentados y analizados con detenimiento. Un amplio abanico de fenómenos –desde los cambios físicos y climáticos hasta el funcionamiento de los servicios públicos pasando por la movilidad ciudadana y las interacciones sociales– pueden convertirse en información abstracta y, por tanto, son susceptibles de aportar conocimiento sobre la dinámica de la ciudad.

A su vez, los abundantes datos que obtenemos de los fenómenos urbanos ayudan a los urbanistas a actuar de una manera más precisa sobre el tejido físico y social de la urbes. Las propias redes digitales –tan útiles a la hora de recoger y procesar información sobre la ciudad– se convierten en instrumentos de gran valor para intervenir con eficacia sobre el espacio público. Gracias a las nuevas tecnologías de información, ahora mismo es posible concebir e implementar modelos de gestión del espacio urbano capaces de responder de manera rápida y eficaz a los estímulos generados por la ciudad y sus habitantes.

La generalización de las nuevas tecnologías ha ayudado a perfilar diferentes modelos de ciudad basados en la interacción entre los ciudadanos, el espacio público y las máquinas de información. Se trata de tipologías distintas que, en muchos momentos se mezclan y entrecruzan, para dar lugar a configuraciones híbridas del espacio metropolitano.

Por una parte, aparece la ciudad eficiente, que se vale de las tecnologías digitales para optimizar los procesos físicos y sociales que tienen lugar en su territorio. Se trata de una urbe planificada con criterios de sostenibilidad, que utiliza la informática para racionalizar el capital técnico, social y ambiental conservado dentro de sus límites. De este modo, el uso de las redes digitales de comunicación tiene como objetivo principal sacar el máximo rendimiento de los recursos naturales, las infraestructuras y los procesos ciudadanos minimizando su impacto ambiental. Recursos como la señalización inteligente para organizar la movilidad urbana o los sistemas de alumbrado sensible para regular la iluminación en función de la presencia de peatones o de la incidencia de luz natural serían ingredientes de este tipo de ciudad.

Las tecnologías digitales han hecho posible también la emergencia de la ciudad panóptica, caracterizada por la capacidad de mantener a sus pobladores en un estado de vigilancia permanente. Las urbes de esta clase se distinguen por la implantación de una red descentralizada de dispositivos tecnológicos –que van desde los sistemas satelitales de captación de datos hasta las cámaras de vídeo instaladas en calles y plazas pasando por los aparatos fotográficos que llevan consigo los propios ciudadanos– capaz de garantizar un seguimiento intensivo de los sujetos. La ciudad panóptica es una ciudad animada fundamentalmente por la voluntad de ejercer un control estricto sobre cada uno de los ciudadanos que la habitan, con la supuesta finalidad de garantizar la seguridad del conjunto de la población urbana.

La ciudad emocional, por su lado, es la urbe que utiliza la técnica para ofrecer respuestas sensibles a las dinámicas sociales y a las interacciones ciudadanas. En este tipo de ciudad, la tecnología va dirigida fundamentalmente a potenciar los valores sensoriales del espacio urbano. Así, los dispositivos digitales no serían otra cosa que un instrumento concebido para potenciar las interacciones emotivas entre la ciudad y sus habitantes.

Por último, aparece la ciudad aumentada o hipermedia, que encuentra en las nuevas tecnologías un recurso para enriquecer los significados y el valor simbólico del territorio. Fenómeno de identidad híbrida, nace de la convergencia entre el espacio material de la ciudad física y el espacio virtual de las redes digitales de comunicación. Es una ciudad cubierta por la densa capa de información georreferenciada de carácter cultural, comercial y lúdico que individuos, instituciones y empresas generan de manera o menos informal y espontánea.

Si consideramos que el término “hipermedia” sirve para aludir a las aplicaciones o entornos digitales que integran texto, imagen, vídeo, audio, mapas y otros soportes de información emergentes, podemos definir el espacio público hipermedia como el entorno urbano que se ve resignificado por una capa de información georreferenciada y multimedia. Es un espacio físico enriquecido por una nube de información contextual accesible a los usuarios mediante dispositivos digitales, como ordenadores o teléfonos móviles inteligentes. Así, la ciudad aumentada o hipermedia sería el resultado de sobreponer una capa de información digital a la vertiente física del territorio.

Actualmente, estamos viviendo la emergencia de la ciudad aumentada y, por tanto, es necesario definir los objetivos de la disciplina que debe otorgarle sentido: el urbanismo hipermedia. De entrada, esta disciplina debería buscar las estrategias más efectivas para poner en relación el espacio público con las capas de información que lo resignifican y contextualizan. Su tarea debería dirigirse a facilitar una convergencia efectiva entre los mundos de los átomos y de los bitios. Se trataría de crear las interfaces más adecuadas para conectar el espacio público de la ciudad física con los espacios públicos generados en las redes digitales de comunicación.

Ahora bien, la tarea del urbanismo hipermedia no debería limitarse únicamente a optimizar la convergencia entre la ciudad física y la ciudad digital. También tendría que procurar que dicha convergencia fuese creativa y productiva. Su objetivo consistiría en crear las estrategias de participación más adecuadas para lograr que las interacciones entre la metrópoli física y la capa de información que la envuelve operen en beneficio del conjunto del tejido urbano. Se trataría de utilizar las tecnologías digitales de comunicación como un instrumento para enriquecer el espacio urbano mediante la participación pública. En última instancia, el urbanismo hipermedia debería marcarse como objetivo la creación de un espacio público aumentado que hiciese posible potenciar la creatividad y la producción de conocimiento y que, por tanto, contribuyese a mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la ciudad.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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