Una metáfora de la serendipia

Retrato de Horace Walpole, por Joshua Reynolds, ca. 1756. Fotografía de Wikimedia Commons.

Retrato de Horace Walpole, por Joshua Reynolds, ca. 1756. Fotografía de Wikimedia Commons.

Horace Walpole fue un notable historiador del arte y escritor británico del siglo XVIII, que, entre otras cosas, nos legó la obra inaugural del género gótico y una elegante aproximación al arte de la jardinería. A Walpole, le debemos, además, la invención de la palabra inglesa serendipity, traducida al castellano como “serendipia”, cuyo uso se ha hecho frecuente en los últimos años gracias, sobre todo, a la consolidación de las redes digitales de comunicación. Este término –llamativamente ignorado por el Diccionario de la Real Academia Española– sirve para aludir a “un descubrimiento o hallazgo afortunado que se realiza de forma fortuita o imprevista”. Así, la serendipia ocurre cuando alguien, enfrascado en la búsqueda de una cosa, termina encontrando alguna otra que llevaba largo tiempo persiguiendo. Walpole acuñó el término a partir de un cuento tradicional persa que narra los avatares de los tres príncipes de Serendip –nombre árabe de la actual Sri-Lanka, tal como indica José Antonio Millán en un texto al que llegué por casualidad–, capaces de resolver arduos problemas gracias a improbables situaciones accidentales.

La web se ha convertido en el espacio ideal para la serendipia. Gracias a su capacidad para acoger y poner en relación una cantidad desmesurada de archivos y contenidos digitales, la red facilita e, incluso, incentiva, los encuentros fortuitos. Mediante los hiperenlaces, los metadatos o la búsqueda de afinidades textuales o visuales, crea infinidad de rutas –la mayoría de la cuales jamás habríamos sido capaces siquiera de imaginar– para enlazar los materiales alojados en ella. Y, precisamente, estos caminos por los que transitamos con el navegador cada vez que accedemos a la web son los que a menudo nos llevan a realizar hallazgos sorprendentes e imprevistos.

No puedo dejar de pensar en la serendipia cada vez que me entretengo mirando Poema global, de Toni Giró. Lo que muestra este vídeo de factura sobria son dos series fotografías en blanco y negro –cada una de las cuales ocupa una mitad de la pantalla– que van cambiando de forma alternativa siguiendo un ritmo pausado, a la manera de diaporama. En la parte inferior de cada una de las fotos aparece escrita, con pequeños caracteres, una palabra en inglés cuyo significado parece no tener relación con la imagen a la que acompaña. Así, por ejemplo, la toma de una jugada de un partido de rugby va acompañada de la palabra sea, mientras que el retrato de una pareja de indios estadounidenses aparece junto con el término bear.

El interés de este collage de fotografías y textos heterogéneos radica precisamente en la capacidad de provocar relaciones imprevistas entre las imágenes y las palabras. Al contemplar Poema global, el espectador se enfrenta a un conjunto de materiales visuales y textuales que se van sucediendo y combinando en la pantalla de su terminal electrónico sin una lógica aparente. Escenas de guerra, retratos de pin-ups, primeros planos de animales o tomas de acontecimientos deportivos se entremezclan con palabras variadas, como los sustantivos cedar, sea o hawk o los verbos, rains, enhace o hunt. La combinación de referentes tan diversos suele provocar una sensación de desconcierto en el observador, quien es incapaz de comprender los vínculos que las imágenes tienen entre sí o los lazos que ellas poseen con las palabras que es acompañan. Es una sensación semejante a la que nos embarga a menudo cuando navegamos por la web y descubrimos que los hiperenlaces nos han llevado a sitios que no tienen nada que ver con nuestras expectativas originales.

Sin embargo, después de contemplar el vídeo de Toni Giró durante unos cuantos minutos, comprobamos que la lectura de algunas de las palabras nos remite a ideas con sentido y que la yuxtaposición de ciertas imágenes nos permite elaborar asociaciones creativas. De repente, somos conscientes de que la vorágine de información que se nos presenta en la pantalla puede cobrar un sentido y que lo inconexo puede adquirir significado. Y como nos pasa a menudo en Internet, nos damos cuenta de que el azar puede hacernos llegar a ideas a las que, de otra manera, nos sería imposible acceder. Nos convencemos de que, una vez más, la serendipia se pondrá de nuestro lado.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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