El nuevo panóptico

Esquema del panóptico de Bentham, hacia 1787.

Esquema del panóptico de Bentham, realizado hacia finales del siglo XVIII.

En su célebre Vigilar y castigar, Michel Foucault definió la modernidad como una época caracterizada por la vigilancia y el control. Para el pensador francés, fue en este tiempo cuando las estrategias para domesticar al sujeto alcanzaron su máximo refinamiento: instituciones como la escuela, el hospital, la fábrica y, por supuesto, la prisión se perfeccionaron con el propósito de mitigar la diversidad humana y modelar individuos aptos para las actividades productivas. La finalidad última era encauzar a los individuos –mediante la domesticación de su cuerpo, el dominio de su comportamiento y la contención de sus deseos– hacia una vida enfocada primordialmente a la producción.

Para lograr este objetivo, fue necesario organizar un orden social basado en la vigilancia, que mantuviese a los sujetos en un estado de observación permanente. De hecho, la sociedad moderna está estrechamente vinculada a una serie de prácticas orientadas a obtener un conocimiento profundo sobre los individuos que la componen, con la finalidad de ejercer un control más eficaz sobre ellos. De esta manera, el individuo se convierte en objeto de la atención constante de médicos, de psiquiatras y, en ocasiones, de criminólogos, que buscan obtener información, respectivamente, sobre su organismo, su mente y sus posibles desviaciones de conducta. Pero no solo eso: además, debe permanecer bajo el escrutinio constante de las instituciones burocráticas, cuya finalidad no es otra que realizar un recuento pormenorizado de sus actividades vitales.

Gran parte del poder coercitivo de las sociedades modernas, tal como las entendió Foucault, radica en su capacidad para hacer visible al sujeto. La eficacia de los regímenes disciplinarios tiene mucho que ver con la manera de impedir que las personas puedan ocultarse y que sus actos pasen desapercibidos. Ahora bien, para garantizar el buen funcionamiento de la sociedad disciplinaria, es necesario que el individuo se sepa observado; es necesario que lo persiga el temor constante a que los vigilantes tengan conocimiento de su actos. Precisamente, la conciencia de permanecer en un estado de visibilidad continua es la que lleva al individuo a ejercer el autocontrol, es decir, a aplicar sobre sí mismo las pautas de disciplina diseñadas para docilizarlo.

Tal como afirmaba Foucault:

El que está sometido a un campo de visibilidad, y que lo sabe, reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las hace jugar espontáneamente sobre sí mismo; inscribe en sí mismo la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento.

Fue el panóptico de Bentham el modelo en el que se basó Foucault para explicar la sociedad moderna. La idea de un espacio carcelario en el que los presos quedaban expuestos siempre a la mirada de un guardián oculto en una torre de vigilancia representaba una metáfora perfecta para aludir a una sociedad en la que la visibilización del individuo se revela como la más eficaz herramienta de coerción social.

Es probable que el despliegue de las redes digitales de comunicación esté facilitando la forma más perfecta y acabada de panoptismo. Nunca antes como hasta ahora, había sido posible obtener tanta y tan precisa información sobre cada uno de nosotros. En ninguna época como en la nuestra, habíamos estado tan expuestos al conocimiento público. De hecho, un mosaico de aplicaciones tecnológicas –que van desde los sistemas de geoposicionamiento que detectan nuestra ubicación de forma permanente hasta las herramientas digitales que almacenan toda nuestra actividad en Internet, pasando por los innumerables archivos de información personal alojados en la web– ofrecen un torrente de información, a veces trivial, a veces sensible, que permite reconstituir los aspectos más variados de nuestras vidas.

Este estado de visibilidad en el que estamos sumergidos se ve acentuado por la propia lógica de la sociedad hiperconectada, en la que toda la población se encuentra virtualmente enlazada gracias a las nuevas tecnologías de comunicación. La expansión de la redes digitales ha hecho posible la aparición de un nuevo modelo de vigilancia más descentralizado y más difuso, pero, no por ello, menos efectivo. La redes sociales, la web y los dispositivos móviles permiten que cualquier persona saque a la luz información –ya sea pública o privada– sobre cualquier otra y la ponga a disposición de los usuarios de la red. Gracias a Internet, todos nosotros adoptamos el doble papel de personas vigilantes y sujetos observados. Tenemos la posibilidad de ofrecer, en cualquier momento, información sobre los otros, pero, también permanecemos siempre expuestos a la mirada ajena.

De hecho, la importancia adquirida por los sistemas de reputación digital pone en evidencia el alcance de los nuevos mecanismos de vigilancia colectiva. En Internet, el control centralizado sobre los comportamientos ha ido perdiendo protagonismo en beneficio de formas de supervisión multitudinaria. Nuestro prestigio ya no deriva de instituciones formales sino que está condicionado por la visión que los usuarios conectados en línea ofrecen sobre nosotros. Nuestra reputación digital depende de las puntuaciones y de los comentarios recibidos sobre nuestras creaciones y nuestros actos en las distintas redes sociales. Por este motivo, debemos estar siempre atentos: cualquier desliz que pueda merecer el reproche de nuestros conciudadanos digitales es susceptible de manchar, quizá para siempre, nuestra reputación.

No deja de resultar chocante que Internet, una herramienta que se considera eficaz para burlar las restricciones de los Estados totalitarios y abrir espacios de libertad social y personal, esté contribuyendo al perfeccionamiento de la sociedad disciplinaria. Al otorgar el control de la reputación individual sus usuarios, la Red ha impulsado la emergencia de un régimen de control social que funciona “desde abajo” y que, por ello, es tremendamente eficaz. Inopinadamente, Internet está haciendo posible la consolidación de un sistema de vigilancia distribuida con el que soñaría cualquier dictador: un sistema en el que todos permanecemos vigilados y en el que cualquier persona es susceptible de convertirse en un informante.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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6 respuestas a El nuevo panóptico

  1. CLAUDIO dijo:

    INTERESANTE BLOG; SOBRE TODO EN LO QUE RESPECTA A ESTE BINOMIO ARQUITECTURA-SOCIEDAD Y TODO EL APORTE QUE LA HISTORIA NOS BRINDA, DESDE EL URBANISMO OCHOCENTISTA PASANDO POR EL URBANISMO RACIONALISTA DE PRINCIPIOS DE SIGLO XX….ETC. GRACIAS!!

  2. totalmente interesante para refelexionar. un aporte para mi tesis de grado. muchas gracias.

  3. vivianacrr dijo:

    Justo acerca del tema que estoy escribiendo para mi tesis de grado también! Gracias!

  4. vivianacrr: me alegro de que la entrada te sea útil :)

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