El hipermuseo y los museos

Esquema de funcionamiento de hipervínculos

Esquema de una red de hipervínculos en Intermedia. Fotografía de kevin.

Tim Berners-Lee concibió la World Wide Web como una gran red de documentos textuales y multimedia conectados entre sí mediante hiperenlaces. El desarrollador británico, en colaboración con Robert Cailliau, ideó un sistema que, aprovechando las facilidades ofrecidas por Internet, permite que los usuarios añadan contenidos a la red de forma independiente, pero dejando abierta la puerta a que otras personas accedan a ellos mediante un terminal electrónico. Todo ello es posible gracias a los navegadores, que hacen posible desplazarse por las distintas páginas alojadas en la web, consultar sus contenidos e interactuar con ellos. En última instancia, Berners-Lee pensó en la red como un sistema abierto en el que la información pudiese distribuirse y compartirse de manera universal.

La web es un sistema pensado para favorecer la colaboración y el acceso al conocimiento. Y, precisamente, ahí se encuentra la razón de su éxito. La posibilidad de que cualquier persona pueda añadir información desde su terminal para que cualquier otro individuo conectado a la red pueda consultarla ha sido el detonante para que millones de personas, instituciones y empresas de todo el mundo se hayan lanzado a crear y compartir contenidos en las redes digitales de comunicación. Los usuarios de la web vierten saber en ella por razones muy diversas, pero lo cierto es que ellos la han transformado en el más vasto acervo del saber humano jamás conocido.

El esfuerzo de la multitud ha convertido a la red en una portentosa figura híbrida que cobra la forma de un archivo y, al mismo tiempo, de un museo. La web es, de forma simultánea, un poderoso dispositivo de almacenamiento que conserva una enorme variedad de documentos realizados por el hombre y un espacio expositivo en el que es posible contemplar un vastísimo catálogo de creaciones humanas. Así, tal como afirma Jesús Carrillo, las redes digitales de comunicación han hecho converger la maquinaria ciega del archivo tradicional con el aparato de visibilidad propio de las instituciones museísticas. Por un lado, la web es una portentosa base de datos que permite alojar, clasificar y consultar una infinidad de documentos de orígenes, naturalezas y caracteres variados. La red se ha convertido en un conglomerado de materiales heteróclitos, que se agrupan en numerosas colecciones en crecimiento y mutación permanentes. Desde las bases de datos creadas por instituciones y empresas privadas hasta los registros de información elaborados de forma más o menos espontánea por los individuos, una diversidad de conjuntos documentales se alojan en la web, para dar lugar a un descomunal archivo virtual que aspira a conservar información sobre prácticamente cualquier aspecto de la realidad. Se trata de un archivo en el que los documentos, acumulados siguiendo criterios dispares, van cobrando sentido gracias a los metadatos y a los algoritmos que guían a las arañas de los buscadores. Posiblemente este archivo de archivos, con aspiraciones totalizadoras, tenga su metáfora más adecuada en la Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, una edificación formada por un número indeterminado –y, probablemente, infinito– de salas hexagonales en las que se almacenan todos los libros posibles y, en las que, por tanto, se preserva todo el saber humano.

Sin embargo, la web es también una fabulosa máquina de visibilidad que permite contemplar un riquísimo mosaico de creaciones. En las redes digitales, conviven innumerables colecciones de objetos virtuales, a menudo dotadas de un discurso coherente, que permanecen accesibles a cualquier usuario con conexión a Internet. Son unas colecciones –a veces elaboradas de una manera más o menos espontánea por individuos o grupos de individuos, a veces realizadas siguiendo un plan predeterminado por instituciones formales– que crecen, se mezclan y recombinan de forman constante, para dar lugar a nuevas colecciones y dotar de nuevos significados a los elementos que las componen. En última instancia, la web es un museo de museos cuyos fondos se revelan intercambiables, hecho que permite dar lugar a nuevas asociaciones entre los objetos y, en los casos más afortunados, desencadenar la serendipia. Y, quizá la mejor metáfora de este gran museo emergente sea el también borgiano aleph, la pequeña esfera tornasolada descrita por el escritor argentino en un cuento de mediados del siglo pasado, que permitía la contemplación simultánea y sin superposiciones de todo lo que acontecía en el universo.

Con capacidad potencial para englobar todos los fondos documentales y museísticos del mundo, la web es, en última instancia, un hipermuseo. Es un contenedor en el que se conservan y exhiben todas las colecciones de objetos y documentos existentes, pero también es un espacio que tiende a eliminar las barreras existentes entre unas y otras. Su alcance no se restringe a una colección concreta sino que abarca virtualmente a todas. De esta manera, hace posible que cualquier material sea susceptible de reordenarse en nuevos conjuntos o colecciones.

El hipermuseo está trastocando de una manera radical las relaciones entre los museos y sus usuarios. Si, con anterioridad a la consolidación de Internet, la capacidad para seleccionar los objetos que merecían conservarse y dar coherencia a las colecciones que agrupaban recaía de forma exclusiva en las instituciones museísticas –ligadas, todas ellas, a los grupos hegemónicos–, la nuevas tecnologías de comunicación han abierto a la multitud la posibilidad de elegir los fragmentos del patrimonio que merecen preservarse y exhibirse.

En el hipermuseo, los museos están perdiendo protagonismo en favor de las multitudes conectadas en red. Cada vez son más las comunidades de individuos que, siguiendo patrones más o menos informales de trabajo cooperativo, alumbran fabulosas colecciones de propuestas creativas y documentos culturales. Los ciudadanos digitales utilizan la web como un espacio para elaborar, otorgar sentido y dar visibilidad a extraordinarios conjuntos de contenidos digitales de todo tipo. Son ellos quienes más han contribuido a la consolidación del hipermuseo.

Una vez que han dejado de ser depositarios exclusivos de la capacidad para preservar el patrimonio y otorgarle sentido, los museos ven cómo su influencia y relevancia decrece a pasos agigantados. Lastradas por unas estructuras jerárquicas y centralizadas, cuyo funcionamiento casa mal con la lógica de las redes digitales, estas instituciones corren peligro de acabar siendo sepultadas por la multitud.

Esto no quiere decir que la labor de los museos no sea importante ahora mismo y que no lo seguirá siendo en el futuro. Pese a que las estrategias informales de creación y ordenación de contenidos tienen un gran peso en la web, los puntos de referencia aportados por las instituciones culturales continúan poseyendo relevancia. Muy a menudo, las redes de conocimiento colaborativo necesitan del saber institucionalizado para tirar adelante sus proyectos. Esto pasa, incluso, en la Wikipedia, una de las comunidades de conocimiento libre más abiertas, que exige a sus colaboradores validar la información de sus artículos mediante fuentes verificables, muchas de ellas relacionadas con el mundo académico tradicional. Tal como afirma Antonio Lafuente en su introducción al Potlatch digital, de Felipe Ortega y Joaquín Rodríguez:

Los excesos de la meritocracia podrían estar respaldando la aparición de una nueva generación de gurús y otras formas de liderazgo carismático que amenazan la estabilidad social y democrática. Desde luego, no estamos cuestionando las bondades de la cultura p2p, sino invitando a reflexionar sobre la tendencia de sus forofos a contraponerla en todos los casos con la cultura burocrática sin considerar de que se trate de dos formas de organización que podrían complementarse y ocasionalmente ser extensión lógica la una de la otra. Todos los estudios sobre el desarrollo del software libre, por ejemplo, han probado la importancia de algunas estructuras organizativas, públicas o privadas, en la sostenibilidad de los diversos proyectos. La misma Wikipedia sería inimaginable sin la existencia pública de bibliotecas, universidades o museos. Criticar la burocracia (y aquí debemos agregar el matiz de no patológicamente burocratizada) es necesario, pero también es imprescindible admitir su capacidad al menos ideal para estabilizar el mundo, establecer reglas igualitarias y soportar rigurosos escrutinios.

No obstante, los museos deben cambiar de una manera radical sus estrategias de creación, distribución y difusión del conocimiento si no quieren verse condenados a la irrelevancia. Están obligados a replantearse su papel en el hipermuseo para no verse arrinconados por él. Eso sí, las transformaciones –conceptuales, tecnológicas y legales– deberán ser de tal profundidad que terminarán por afectar su esencia.

En primer lugar, los museos tienen que eliminar las barreras que les separan del exterior. Si, durante mucho tiempo, estas instituciones han funcionado como espacios cerrados, gestionados de acuerdo con estructuras jerárquicas y aisladas del entorno, en lo sucesivo deberán diseñar estrategias para facilitar la participación de las comunidades digitales. Esto supone cobrar conciencia de que los ciudadanos digitales han dejado de ser simples usuarios para convertirse en “produsuarios”, capaces asumir un papel activo como creadores de conocimiento dentro de los museos. De esta manera, los equipos curatoriales deberán acostumbrarse a trabajar de manera habitual con individuos y comunidades ajenos a la estructura formal de la institución y tendrán que asumir que la propia construcción de las colecciones y los discursos generados alrededor de ellas serán básicamente el resultado de procesos de cocreación llevados a cabo por sujetos situados tanto dentro como fuera del museo.

Para que esto sea posible, los museos deben abrir verdaderamente sus colecciones a los usuarios y crear herramientas que les permitan interactuar con ellas. Se trata de elaborar tecnologías de comunicación y mediación para permitir que las comunidades digitales contribuyan de manera efectiva en los procesos de generación de conocimiento vinculados a la institución. No nos referimos, por supuesto, a las redes del tipo Facebook y Twitter, utilizadas, en la mayoría de los casos para crear una ilusión de bidireccionalidad, sino a soluciones tecnológicas creadas ad hoc para el trabajo colaborativo, como lo son las wikis. Algunas instituciones ya están dando pasos en este sentido, como es el caso del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (Macba) que ha suscrito un acuerdo de colaboración con la Associació Amical Viquipèdia, para impulsar la generación de contenidos sobre arte contemporáneo en la versión catalana de la Wikipedia.

La permeabilidad de los museos hacia el exterior tiene consecuencias inevitables sobre la forma de gestionar los derechos de autor. La apertura de los fondos museísticos hace necesario adaptar la llamada “propiedad intelectual” a la lógica de las nuevas tecnologías de comunicación. Como hemos comentado al principio de este texto, la web es, esencialmente, una tecnología pensada para favorecer la circulación y el intercambio de información. Por esta razón, asumir una actitud excesivamente restrictiva respecto a los derechos de autor no hace más que entorpecer la difusión del saber por las redes digitales, en la medida en que impone trabas legales a prácticas tan propias de la web como lo son reproducir y compartir documentos. Por esta razón, la creación de herramientas para facilitar el acceso a los fondos de los museos debe complementarse con la publicación, bajo licencias copyleft o creative commons, de los materiales generados por dichas instituciones. Y, de hecho, ya son varios los museos que comienzan, en mayor o menor grado, a colgar en la red sus contenidos con licencias libres, pese a que, en no pocas ocasiones, han debido enfrentarse a las resistencias de los propios creadores.

Sin embargo, la plena difusión del conocimiento generado alrededor de los fondos museísticos solo estará garantizada si los museos realizan sus proyectos digitales utilizando estándares compartidos y observando las buenas prácticas de la web. Para que los flujos de información resulten eficientes, es importante que los museos desarrollen sus proyectos digitales de acuerdo con las recomendaciones y especificaciones técnicas que gozan de extenso consenso entre los desarrolladores y que cuentan con el respaldo del W3C. Las soluciones tecnológicas estandarizadas y consensuadas son una condición necesaria para que la información circule con fluidez por la red.

Además, es importante apostar por la preservación de la universalidad de la web, un entorno que permite el acceso equitativo y unificado a la información alojada en las redes digitales de comunicación. La utilización de un espacio común, libre de obstáculos y barreras tecnológicas, es el mejor camino para lograr que el mayor número de personas posible pueda acceder al conocimiento. Por esta razón, los museos deberían evitar la utilización de herramientas que, de alguna manera, ponen vallas a Internet. En este sentido, es importante que los museos privilegien la producción de proyectos específicamente concebidos para la web, en vez de recurrir a recursos como las apps para teléfonos móviles inteligentes (smartphones) que, tal como ha advertido Berners-Lee, favorecen la fragmentación de la red.

La web ha hecho posible la edificación del hipermuseo, ese espacio virtual de convergencia entre el archivo y el museo, que aspira a convertirse en el compendio del saber universal. Es un espacio a cuya existencia y expansión hemos contribuido todos los que de alguna manera usamos la web: es el resultado de un gran esfuerzo colectivo con pretensiones omniabarcadoras.

Dada su voluntad de archivarlo y coleccionarlo todo, era inevitable que, tarde o temprano, el hipermuseo acabase poniendo en cuestión la pertinencia de los museos tradicionales. En cierta forma, la web ha dinamitado el carácter central que las instituciones museísticas ocuparon durante mucho tiempo en nuestra sociedad. Los museos han perdido la posición dominante que ostentaron durante la modernidad como focos de irradiación de conocimiento: ahora su influencia no es mayor que la de muchos otros agentes que operan en la web. Esto no quiere decir que su función no continúe siendo valiosa. Su capacidad para ofrecernos referentes sobre la realidad todavía nos sigue siendo útil. Sin embargo, estas instituciones deberán someterse a grandes transformaciones si no desean que su papel sea ocupado por otros actores mejor adaptados a los cambios traídos consigo por las redes digitales de comunicación.

Publicado originalmente en a*desk Magazine.

Acerca de Eduardo Pérez Soler

Reparto mi tiempo entre la curaduría, la crítica de arte y la edición de publicaciones multimedia. He publicado numerosos artículos y reseñas de arte en revistas como Lápiz, Artes de México y a*desk, entre otras. También he curado diversas exposiciones, entre las que se pueden citar Sublime artificial (La Capella, Barcelona, 2002), Imatges subtitulades (Fundació Espais, Girona, 2003) y Processos Oberts (Terrassa, 2007). Formé parte del equipo de dirección de 22a, uno de los más importantes espacios expositivos independientes de la Barcelona del cambio de siglo. Tras trabajar varios años como editor en un gran grupo editorial español, ahora me he embarcado en la creación de Books and Chips, una empresa centrada en la concepción y desarrollo de tecnologías sociales para la educación y la cultura.
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